domingo, 20 de dezembro de 2015

Discurso do Beato John Henry Newman em Roma ao receber o anúncio de sua designação cardinalícia




Discurso del Beato John Henry Newman en Roma 
al recibir el Biglietto que le anunciaba su designación cardenalicia 

Traducción y comentario de Fernando María Cavaller

En la mañana del lunes 12 de mayo de 1879, Newman fue al "Palazzo della Pigna", la residencia del Cardenal Howard, que le había cedido sus apartamentos para recibir allí al mensajero del Vaticano que traía el Biglietto de parte del Cardenal Secretario de Estado, informándole que en un Consistorio secreto, que había tenido lugar esa misma mañana, el Santo Padre [NdE: León XIII] le había elevado a la dignidad de Cardenal. 

A las once en punto, las habitaciones estaban llenas de católicos ingleses y americanos, tanto eclesiásticos como laicos, y también muchos miembros de la nobleza romana y dignatarios de la Iglesia, reunidos para ser testigos de la ceremonia. 

Poco después del mediodía fue anunciado el mensajero consistorial. Al entrar entregó el Biglietto en manos de Newman, quien, después de romper el sello, lo pasó a Mons. Clifford, obispo de Clifton, el cual leyó el contenido en voz alta. Luego, el mensajero informó al nuevo Cardenal que Su Santidad lo recibiría en el Vaticano a las diez de la mañana del día siguiente, para conferirle la birreta cardenalicia. 

Después de los acostumbrados cumplidos, Su Eminencia el Cardenal John Henry Newman pronunció el siguiente discurso, que desde entonces es conocido como Biglietto Speech. El texto original está en "My Campaign in Ireland", Aberdeen, 1896, pp. 393-400. El primer párrafo lo pronunció en italiano:

* * *

«Le agradezco, Monseñor, la participación que me hecho del alto honor que el Santo Padre se ha dignado conferir sobre mi humilde persona. Y si le pido permiso para continuar dirigiéndome a Ud., no en su idioma musical, sino en mi querida lengua materna, es porque en ella puedo expresar mis sentimientos, sobre este amabilísimo anuncio que me ha traído, mucho mejor que intentar lo que me sobrepasa.

En primer lugar, quiero hablar del asombro y la profunda gratitud que sentí, y siento aún, ante la condescendencia y amor que el Santo Padre ha tenido hacia mí al distinguirme con tan inmenso honor. Fue una gran sorpresa. Jamás me vino a la mente semejante elevación, y hubiera parecido en desacuerdo con mis antecedentes. Había atravesado muchas aflicciones, que han pasado ya, y ahora me había casi llegado el fin de todas las cosas, y estaba en paz. ¿Será posible que, después de todo, haya vivido tantos años para esto? Tampoco es fácil ver cómo podría haber soportado un impacto tan grande si el Santo Padre no lo hubiese atemperado con un segundo acto de condescendencia hacia mí, que fue para todos los que lo supieron una evidencia conmovedora de su naturaleza amable y generosa. Se compadeció de mí y me dijo las razones por las cuales me elevaba a esta dignidad. Además de otras palabras de aliento, dijo que su acto era un reconocimiento de mi celo y buen servicio de tanto años por la causa católica, más aún, que creía darles gusto a los católicos ingleses, incluso a la Inglaterra protestante, si yo recibía alguna señal de su favor. Después de tales palabras bondadosas de Su Santidad, hubiera sido insensible y cruel de mi parte haber tenido escrúpulos por más tiempo.

Esto fue lo que tuvo la amabilidad de decirme, ¿y qué más podía querer yo? A lo largo de muchos años he cometido muchos errores. No tengo nada de esa perfección que pertenece a los escritos de los santos, es decir, que no podemos encontrar error en ellos. Pero lo que creo poder afirmar sobre todo lo que escribí es esto: que hubo intención honesta, ausencia de fines personales, temperamento obediente, deseo de ser corregido, miedo al error, deseo de servir a la Santa Iglesia, y, por la misericordia divina, una justa medida de éxito. Y me alegra decir que me he opuesto desde el comienzo a un gran mal. Durante treinta, cuarenta, cincuenta años, he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu del liberalismo en religión. ¡Nunca la Santa Iglesia necesitó defensores contra él con más urgencia que ahora, cuando desafortunadamente es un error que se expande como una trampa por toda la tierra! Y en esta ocasión, en que es natural para quien está en mi lugar considerar el mundo y mirar la Santa Iglesia tal como está, y su futuro, espero que no se juzgará fuera de lugar si renuevo la protesta que he hecho tan a menudo.

El liberalismo religioso es la doctrina que afirma que no hay ninguna verdad positiva en religión, que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando solidez y fuerza diariamente. Es incongruente con cualquier reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas, pues todas son materia de opinión. La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento o gusto; no es un hecho objetivo ni milagroso, y está en el derecho de cada individuo hacerle decir tan sólo lo que impresiona a su fantasía. La devoción no está necesariamente fundada en la fe. Los hombres pueden ir a iglesias protestantes y católicas, pueden aprovechar de ambas y no pertenecer a ninguna. Pueden fraternizar juntos con pensamientos y sentimientos espirituales sin tener ninguna doctrina en común, o sin ver la necesidad de tenerla. Si, pues, la religión es una peculiaridad tan personal y una posesión tan privada, debemos ignorarla necesariamente en las interrelaciones de los hombres entre sí. Si alguien sostiene una nueva religión cada mañana, ¿a ti qué te importa? Es tan impertinente pensar acerca de la religión de un hombre como acerca de sus ingresos o el gobierno de su familia. La religión en ningún sentido es el vínculo de la sociedad.

Hasta ahora el poder civil ha sido cristiano. Aún en países separados de la Iglesia, como el mío, el dicho vigente cuando yo era joven era: "el cristianismo es la ley del país". Ahora, en todas partes, ese excelente marco social, que es creación del cristianismo, está abandonando el cristianismo. El dicho al que me he referido se ha ido o se está yendo en todas partes, junto con otros cien más que le siguen, y para el fin del siglo, a menos que interfiera el Todopoderoso, habrá sido olvidado. Hasta ahora, se había considerado que sólo la religión, con sus sanciones sobrenaturales, era suficientemente fuerte para asegurar la sumisión de nuestra población a la ley y al orden. Ahora, los filósofos y los políticos están empeñados en resolver este problema sin la ayuda del cristianismo. Reemplazarían la autoridad y la enseñanza de la Iglesia, antes que nada, por una educación universal y completamente secular, calculada para convencer a cada individuo que su interés personal es ser ordenado, trabajador y sobrio. Luego, para el funcionamiento de los grandes principios que toman el lugar de la religión, y para el uso de las masas así educadas cuidadosamente, se provee de las amplias y fundamentales verdades éticas de justicia, benevolencia, veracidad, y semejantes, de experiencia probada, y de aquellas leyes naturales que existen y actúan espontáneamente en la sociedad, y en asuntos sociales, sean físicas o psicológicas, por ejemplo, en el gobierno, en los negocios, en las finanzas, en los experimentos sanitarios, y en las relaciones internacionales. En cuanto a la religión, es un lujo privado que un hombre puede tener si lo desea, pero por el cual, por supuesto, debe pagar, y que no debe imponer a los demás ni permitirse fastidiarlos.

El carácter general de esta gran apostasía es uno y el mismo en todas partes, pero en detalle, y en carácter, varía en los diferentes países. En cuanto a mí, hablaría mejor de mi propio país, que sí conozco. Creo que allí amenaza con tener un formidable éxito, aunque no es fácil ver cuál será su resultado final. A primera vista podría pensarse que los ingleses son demasiado religiosos para un movimiento que, en el continente, parece estar fundado en la infidelidad. Pero nuestra desgracia es que, aunque termina en la infidelidad como en otros lugares, no necesariamente brota de la infidelidad. Se debe recordar que las sectas religiosas que se difundieron en Inglaterra hace tres siglos, y que son tan poderosas ahora, se han opuesto ferozmente a la unión entre la Iglesia y el Estado, y abogarían por la descristianización de la monarquía y de todo lo que le pertenece, bajo la noción de que semejante catástrofe haría al cristianismo mucho más puro y mucho más poderoso. Luego, el principio liberal nos está forzando por la necesidad del caso. Considerad lo que se sigue por el mismo hecho de que existen tantas sectas. Se supone que son la religión de la mitad de la población, y recordad que nuestro modo de gobierno es popular. Uno de cada doce hombres tomados al azar en la calle tiene participación en el poder político, y cuando les preguntáis sobre sus creencias representan una u otra de por lo menos siete religiones. ¿Cómo puede ser posible que actúen juntos en asuntos municipales o nacionales si cada uno insiste en el reconocimiento de su propia denominación religiosa? Toda acción llegaría a un punto muerto a menos que el tema de la religión sea ignorado. No podemos ayudarnos a nosotros mismos. Y, en tercer lugar, debe tenerse en cuenta que hay mucho de bueno y verdadero en la teoría liberal. Por ejemplo, y para no decir más, están entre sus principios declarados y en las leyes naturales de la sociedad, los preceptos de justicia, veracidad, sobriedad, autodominio y benevolencia, a los que ya me he referido. No decimos que es un mal hasta no descubrir que esta serie de principios está propuesta para sustituir o bloquear la religión. Nunca ha habido una estratagema del Enemigo ideada con tanta inteligencia y con tal posibilidad de éxito. Y ya ha respondido a las expectativas que han aparecido sobre la misma. Está haciendo entrar majestuosamente en sus filas a un gran número de hombres capaces, serios y virtuosos, hombres mayores de aprobados antecedentes, y jóvenes con una carrera por delante.

Tal es el estado de cosas en Inglaterra, y es bueno que todos tomemos conciencia de ello. Pero no debe suponerse ni por un instante que tengo temor de ello. Lo lamento profundamente, porque preveo que puede ser la ruina de muchas almas, pero no tengo temor en absoluto de que realmente pueda hacer algún daño serio a la Palabra de Dios, a la Santa Iglesia, a nuestro Rey Todopoderoso, al León de la tribu de Judá, Fiel y Veraz, o a Su Vicario en la tierra. El cristianismo ha estado tan a menudo en lo que parecía un peligro mortal, que ahora debemos temer cualquier nueva adversidad. Hasta aquí es cierto. Pero, por otro lado, lo que es incierto, y en estas grandes contiendas es generalmente incierto, y lo que es comúnmente una gran sorpresa cuando se lo ve, es el modo particular por el cual la Providencia rescata y salva a su herencia elegida, tal como resulta. Algunas veces nuestro enemigo se vuelve amigo, algunas veces es despojado de esa especial virulencia del mal que es tan amenazante, algunas veces cae en pedazos, algunas veces hace sólo lo que es beneficioso y luego es removido. Generalmente, la Iglesia no tiene nada más que hacer que continuar en sus propios deberes, con confianza y en paz, mantenerse tranquila y ver la salvación de Dios. "Los humildes poseerán la tierra y gozarán de inmensa paz" (Salmo 37,11)».

* * *
Su Eminencia habló con voz fuerte y clara, y aún cuando estuvo de pie todo el tiempo no mostró signos de fatiga.

El texto fue telegrafiado a Londres por el corresponsal del "The Times" y apareció completo en el periódico al día siguiente. Más aún, gracias a la bondad del Padre Armellini, S.J., que lo tradujo al italiano durante la noche, salió completo en "L'Osservatore Romano" del día siguiente.

Créditos: Blog Centro Pieper

sexta-feira, 18 de dezembro de 2015

Honrar a Mãe é honrar o Filho - Cardeal John Henry Newman





HONRAR A MÃE É HONRAR O FILHO


Confessar que Maria é mãe de Deus, é preservar a doutrina do Apóstolo São João que nos diz: “o que vimos e ouvimos vo-lo isso anunciamos”(1Jo 1, 3), fugindo de qualquer subterfúgio; é a pedra de toque com que detectamos as pretensões dos maus espíritos, do “Anticristo que entrou no mundo” (cf. 1Jo 4, 3). Essa confissão declara que Ele é Deus, implica que Ele é homem, sugere que Ele segue sendo Deus, mesmo se fazendo homem; e que é verdadeiro homem, mesmo sendo Deus.

Quando os hereges voltaram a surgir no século XVI, não encontraram tática mais certeira para seus perversos propósitos de destruir a fé verdadeira, ridicularizando e blasfemando contra as prerrogativas de Maria, pois tinham por certo que, se conseguissem que o mundo desonrasse a Mãe, disso se seguiria a desonra do Filho. A Igreja Católica e Satanás estavam de acordo com isso: o Filho e a Mãe estão intimamente ligados; a experiência de quatro séculos confirmou seus testemunhos, pois os católicos que honraram a Mãe seguem adorando o Filho, enquanto os protestantes, que deixaram de confessar o Filho, começaram a zombar da Mãe.

Percebe-se nesse exemplo a coerente harmonia que há na doutrina revelada, como uma verdade repercute sobre a outra. Exaltar Maria é honrar Jesus. Convinha que Maria, que era somente criatura – sendo a mais excelsa de todas – tivesse de levar a cabo a tarefa de instrumento. Como outros, Ela veio ao mundo para realizar uma obra; tinha uma missão a cumprir; possui a graça e a glória não por si mesma, mas por seu Criador. A Maria foi confiada a custódia da Encarnação. A tarefa lhe é encomendada: “Eis que uma Virgem está grávida e dará à luz um filho e dar-lhe-á o nome de Emanuel” (Is 7, 14).

Quando estava na terra cuidou pessoalmente de seu Filho, levou-o em seu seio, abrigou-o com seus braços, alimentou-o em seu peito, agora também – até o último momento da vida da Igreja – seus privilégios e a devoção dirigida a Maria proclamam e definem a fé reta acerca de Jesus como Deus e como Homem. Uma igreja dedicada, um altar que se erige em seu nome, uma imagem, uma ladainha que a louva, uma Ave Maria que se reza, comunica-nos a memória d’Aquele que, sendo louvado desde a eternidade, “não desprezou as entranhas de uma Virgem”, para benefício dos pecadores. Por isso, como a Igreja a proclama, Maria é a Torre de Davi, é a defesa alta e poderosa do verdadeiro Rei de Israel; por isso, a Igreja diz também em uma antífona: “Só Ela destruiu [sozinha] todas as heresias no mundo inteiro”.

[…]

Cardeal Newman, “Reflexões sobre a Virgem Santíssima”, pp. 19-21. Editora Formatto, São Paulo, 2006

Créditos: Deus lo Vult!

Arrogância ingênua - Dietrich von Hildebrand




Dietrich von Hildebrand

Uma forma peculiar de arrogância ingênua é crer que a época em que se vive é completamente diferente de todas as anteriores e que os problemas do passado já não existem. Embora não se diga isso abertamente, tende-se a admitir como certo que qualquer mudança representa algum tipo de progresso.

Pertence à essência da História que a atitude do Homem perante a vida sofra variações, que alguns valores ressaltem com mais claridade numa época do que em outra, enquanto outros recebem menos atenção do que antes. Além disso, num determinado período ganham mais força certos perigos que em outros momentos eram insignificantes.

Contudo, mesmo que seja importante reconhecer esse ritmo próprio da natureza da História e do Homem, seria totalmente equivocado conferir a algumas épocas um significado arbitrário no que se refere a certos problemas humanos básicos. Em comparação com o que permanece inalterado, o que muda é secundário. Uma forma peculiar de arrogância ingênua é crer que a época em que se vive é completamente diferente de todas as anteriores e que os problemas do passado já não existem.

Muitas pessoas acabam ficando intoxicadas por essa idéia tão pitoresca. É de se admirar que esse seu modo de pensar passe por alto que, se isso for certo, então todas as suas “novidades” e os seus “nunca antes visto” — dos quais se orgulham tanto — tornar-se-ão antiquados dentro de pouco tempo e já não estarão “de acordo com a realidade”... Esquecem-se de que, se tiverem razão e o “real” for somente aquilo que muda, terão que pagar um preço muito alto para poderem aquecer-se ao sol daquilo que “nunca existiu antes” e olhar com desdém para o passado. E o preço será este: terão ver que tudo aquilo que agora os deslumbra e satisfaz tem uma vida muito curta e em breve será lançado fora como sucata.

Juntamente com a exagerada diferenciação entre as épocas — e com a ingênua arrogância que a acompanha — é comum encontrarmos a ilusão de que os tempos atuais, além de serem completamente diferentes de todos os anteriores, são também superiores a eles. Embora não se diga isso abertamente, tende-se a admitir como certo que qualquer mudança representa algum tipo de progresso.

Em todo o caso, pode-se dizer em seu favor que esse conceito simplista do progresso segue normas válidas em si mesmas: ainda crê na verdade absoluta que, com o passar do tempo, será — ao menos espera-se que o seja — cada vez mais reconhecida. Mas é muito mais perigosa e de maior alcance a atitude mental que considera a realidade histórico sociológica de uma idéia como equivalente à sua validez e verdade. Essa atitude é muito mais perigosa porque transforma a verdadeira essência da verdade e dos valores em algo vazio.

É preciso sublinhar enfaticamente a seguinte realidade: o fato de uma idéia, por assim dizer, impregnar a atmosfera durante algum tempo, ou de que numa determinada época prevaleçam certas expectativas e certas tendências, não nos dá a menor informação sobre a verdade ou falsidade dessa idéia, nem muito menos sobre a legitimidade das correntes de pensamento desse período em concreto.

Se a História nos pode ensinar algo de absolutamente certo é o enorme perigo que há em que as pessoas se infectem com as correntes de pensamento equivocadas típicas do seu tempo. Esse perigo é maior quando acreditamos erradamente— segundo uma mentalidade ainda hoje muito difundida — que certas idéias, tendências e expectativas, simplesmente por dominarem a sua época, por saturarem o ar, devem ser consideradas como a expressão do “espírito do mundo” (Weltgeist, no sentido hegeliano) ou do “espírito da época” (Zeitgeist). A realidade histórico sociológica de uma idéia ou tendência não é nem tão irresistível que implique o dever de aceitá-la como um destino fatal, nem confere ao seu conteúdo qualquer tipo de dignidade: não torna um erro menos errado, nem uma atitude má menos má, nem faz com que algo objetivamente sem valor passe a ter algum.

Deixar-se fascinar pelas tendências intelectuais do tempo presente é abdicar da própria liberdade espiritual; é deixar-se levar pelos vaivéns da História; é deixar-se arrastar pelas correntezas de uma época; é uma despersonalização. A atitude oposta é a de quem sempre emerge do tempo para vir ao mundo da verdade e dos valores morais, para compreender a mensagem e captar as verdades e os valores imutáveis que a hora presente possa conter como “tema”, mas à luz da eternidade. Mais concretamente, para nós, católicos, essa atitude significa uma constante conversio ad Deum, “conversão a Deus”.

Fonte: Quadrante

sexta-feira, 4 de dezembro de 2015

O problema da psicologia contemporânea em sua relação com a Fé Cristã - Prof. Martin Echavarria

Em outra ocasião, traduzirei este importante texto, mas julguei importante publicá-lo logo, mesmo em espanhol, tanto aqui como em meu outro blog, Psicologia Tomista, dada a urgência da sua veiculação e leitura.


***
El problema de la psicología contemporánea en su relación con la fe cristiana



Martín F. Echavarría 

En este artículo nos proponemos, en modo breve, señalar los aspectos fundamentales de la problemática epistemológica y práctica de la psicología contemporánea en su relación con la fe cristiana. Lo haremos basándonos en afirmaciones explícitas del Magisterio de la Iglesia, así como en bases filosóficas y teológicas inspiradas en Santo Tomás de Aquino.

1. El fundamento ideológico de la psicología contemporánea

A nadie escapa que la psicología plantea un problema especial al creyente, en primer lugar de tipo práctico (¿en qué medida algunas prácticas y métodos de importantes corrientes de la psicología contemporánea son compatibles con la vida de fe?) y, a continuación, de tipo epistemológico (¿es la psicología un ciencia? ¿de qué tipo? ¿cuál es su relación con la filosofía y la teología?).

Como es sabido, en gran medida la psicología experimental contemporánea se construyó en base a la filosofía positivista en franca oposición dialéctica con la tradicional ciencia del alma. Pero la psicología no es sólo la psicología académica. Un problema especial, y de enormes consecuencias en la vida de muchas personas, lo plantean las teorías de la personalidad que están en el fundamento de la práctica de la psicología y en particular de la psicoterapia.

Juan Pablo II, en un discurso a los miembros de la Rota Romana, advertía sobre el peligro que encierran algunas psicologías basadas en antropologías contrarias a la fe:

Ese peligro [que el juez eclesiástico se deje “sugestionar por conceptos antropológicos inaceptables”] no es solamente hipotético, si consideramos que la visión antropológica, a partir de la cual se mueven muchas corrientes en el campo de la ciencia psicológica en el mundo moderno, es decididamente, en su conjunto, irreconciliable con los elementos esenciales de la antropología cristiana, porque se cierra a los valores y significados que trascienden al dato inmanente y que permiten al hombre orientarse hacia el amor de Dios y del prójimo como a su última vocación.

Esta cerrazón es irreconciliable con la visión cristiana que considera al hombre un ser «creado a imagen de Dios, capaz de conocer y amar a su propio Creador» (Gaudium et spes, 12) y al mismo tiempo dividido en sí mismo (ver Gaudium et spes, 10). En cambio, esas corrientes psicológicas parten de la idea pesimista según la cual el hombre no podría concebir otras aspiraciones que aquellas impuestas por sus impulsos, o por condicionamientos sociales; o, al contrario, de la idea exageradamente optimista según la cual el hombre tendría en sí y podría alcanzar por sí mismo su propia realización .

En esta crítica caen la mayor parte de las corrientes psicológicas más divulgadas, y, la primera de todas, el psicoanálisis de Freud. En su inspiración última, ésta no es sino una realización práctica del proyecto nietzscheano de transvaloración y de superación del cristianismo y la moral . En su aspecto teórico es una mezcla entre la visión romántica del inconsciente, la dinámica de las representaciones de Herbart y el evolucionismo. La doctrina psicoanalítica, tanto en sus aspectos antropológicos, como religiosos y morales, es francamente incompatible con la visión cristiana del hombre. Ya nos referiremos a su aplicación psicoterapéutica.

Lo que sucede con el psicoanálisis es casi un ejemplo de lo que sucede con la mayoría de las corrientes actuales de psicoterapia, aunque mientras que en Freud y la psicología profunda en general —Jung, Lacan, etc.— prevalece «la idea pesimista según la cual el hombre no podría concebir otras aspiraciones que aquellas impuestas por sus impulsos», en las corrientes de psicología humanista —Moreno, Rogers, Maslow, Fromm, Perls— y existencial —R. May— predomina «la idea exageradamente optimista según la cual el hombre tendría en sí y podría alcanzar por sí mismo su propia realización». Generalmente estos últimos autores consideran las influencias familiares y morales como represivas de la espontaneidad vital y fomentan una especie de libertad absoluta de autorrealización, que tal como ellos la exponen es incompatible no sólo con los requerimientos morales del cristianismo, sino con las exigencias mínimas de la ética natural . De hecho, si el psicoanálisis de Freud se presenta en último análisis como un intento de superación nietzscheana de la moral, estas psicologías parecen intentos de proponer una nueva forma de ética, experimental o clínica.

En las psicoterapias sistémicas, a este intento se suma una destrucción de la noción de causalidad y de la idea de persona como sujeto subsistente, y su disolución ontológica y moral en una red de relaciones que sería el verdadero sujeto del trastorno y del cambio, además de una concepción constructivista del conocimiento —que afecta también otras áreas y autores de la psicología contemporánea— en la que se anula la noción de verdad y de realidad objetiva.

Las psicoterapias conductuales, aunque más pragmáticas, tienen una raíz cientificista y tecnocrática en la ideología conductista, aunque parecen haber evolucionado mejor con la incorporación de elementos cognitivos en las llamadas psicoterapias cognitivo-conductales. De todos modos, y más allá de los elementos rescatables que se pueden señalar, se sospecha la presencia de una actitud hostil hacia la moral cristiana, o a veces —como en A. Ellis— un intento explícito de proponer una nueva moral .

Éstas que hemos mencionado son las principales corrientes de psicoterapia. Es muy difícil, por no decir totalmente imposible, en casi todos los países, conseguir una formación sistemática en psicoterapia fuera de estas escuelas.

Creo que este panorama, necesariamente rápido, es suficiente para notar que aquí existe un problema que necesita ser resuelto.

2. El estatuto epistemológico de la psicología

Como hemos dicho, una de las cuestiones que se deben resolver al abordar el tema de la relación entre razón y fe en la psicología contemporánea es el epistemológico: de entrada no está claro qué cosa sea la psicología en el sentido actual del término.

En nuestra opinión aquí hay que hacer una primera gran distinción: una cosa es la psicología como saber especulativo y otra cosa las psicologías prácticas. No siempre hay una relación —al menos directa— entre ambas.

La psicología académica de los últimos ciento cincuenta años ha hecho una enorme parábola que comienza con el intento, fundado en la ideología positivista, de separarse objetiva y metodológicamente de la filosofía —a veces negando completamente su valor de verdad— para, recientemente volver a acentuar su conexión con ella —especialmente en lo que se ha dado en llamar “ciencias cognitivas”—. Aun distinguiendo entre el conocimiento universal y necesario del alma, propio de la psicología llamada filosófica —y mal llamada por Wolff “racional”—, y el descriptivo y contingente, propio de la psicología experimental y fisiológica —en sus distintas ramas—, no hay que romper la unidad epistemológica que debe haber entre estos modos diversos de conocer el alma y de cuya separación son estos últimos saberes los que más salen perdiendo. En este sentido hay que recordar la unidad que antiguamente tenían estas disciplinas dentro de la filosofía natural, tal como los desarrollaron Aristóteles y Santo Tomás .

Estas psicologías teóricas pueden resultar aplicadas a través de la técnica. De hecho, la psicología clásica era un conjunto de disciplinas referidas a la vida, no sólo humana, sino también vegetal y animal. De tal modo que una ciencia técnica como la medicina —y la psiquiatría como rama de ésta— de algún modo es una aplicación de la psicología, en este sentido amplio. De este tenor son también algunas técnicas psicológicas y psicopedagógicas basadas sobre el conocimiento teórico del funcionamiento de las facultades psíquicas, como los sentidos, la imaginación o la memoria.

También hay que recordar que el conocimiento teórico acerca del alma —en particular el del primer tipo— es el fundamento de la ética, que en sentido clásico es la ciencia práctica de la personalidad, por cuanto el término griego ēthos —de donde proviene ēthica— significa “personalidad” o “carácter” . Un libro como la Ética Nicomáquea de Aristóteles era algo muy alejado de un catálogo de reglas sobre lo que se debe hacer o no hacer; era un estudio de cómo se forma el carácter virtuoso —tema retomado hoy, desde otro punto de vista, por Martin Seligmann y la psicología positiva . Como ya hemos dicho, muchas de las actuales psicologías prácticas —llámeselas psicoterapia o counselling— son versiones alternativas de ética, a veces explícitamente —véanse algunos dichos de autores como C. Rogers, E. Fromm o A. Ellis— otras implícitamente y a veces incluso intentos de superar la moral en una especie de praxis postmoral —como es el caso del psicoanálisis de S. Freud—.

Sobre esta conexión entre parte de la psicología y la moral llamaba la atención hace tiempo el filósofo Y. Simon: «Entre las materias normalmente estudiadas hoy bajo el título de psicología, algunas corresponden en realidad a un conocimiento propiamente moral, y no pueden ser comprendidas sino a la luz de principios morales. Hace tres cuartos de siglo, Ribot, cuyos esfuerzos por someter la vida afectiva a los procedimientos totalmente especulativos y positivos de la psicología moderna son conocidos, escribía que para la psicología moderna ya no hay pasiones buenas ni malas, como tampoco hay plantas útiles o nocivas para el botánico, a diferencia de lo que pasa con el moralista y el jardinero; paralelo seductor, pero sofístico, ya que si es accidental para una planta satisfacer o contrariar la mirada del amante de los jardines, una pasión, considerada en su ejercicio concreto, cambia de naturaleza según que favorezca o contraríe al agente libre. Ahora bien, la psicología moderna de la vida afectiva, sondeando el mundo del vicio y de la virtud prohibiéndose todo juicio de valor moral, pero arrastrada por el juego concreto de la libertad en un orden de cosas donde la naturaleza de la realidad considerada varía con los motivos de la elección voluntaria, presenta generalmente un penoso espectáculo de sistemática desinteligencia. Aquí, como en sociología, encontramos la última palabra del cientificismo. Después de la arrogante pretensión de someter los problemas metafísicos al juicio de la ciencia positiva, estaba reservado a nuestro tiempo asistir a la fisicalización de las cosas morales. Muchas personas alarmadas por la devastación que causa en las jóvenes inteligencias la lectura de los sociólogos, quieren reaccionar reclamando simplemente un uso más libre y clarividente de principios metodológicos considerados como intangibles, o como mucho la introducción de reformas metodológicas discretas, dejando a salvo el carácter totalmente positivo y especulativo de las ciencias morales distintas de la moral normativa. Nosotros creemos que no se podrá hacer nada contra la influencia tóxica de una cierta sociología si no se comienza por reconocer que toda ciencia del actuar humano, del ser moral, para comprender su objeto debe recibir de la filosofía moral el conocimiento de los valores morales» .

El tema de las ciencias sociales y del comportamiento —que aunque a veces sean descriptivas, no dejan de ser disciplinas morales y alcanzan todo su vigor en cuanto unidas a su raíz — debe ser completamente repensado sobre la base epistemológica de una recta filosofía. Por lo que a nosotros respecta, un tema sobre el que se ha llamado escasamente la atención es el de la necesidad de volver a fundar la psicología de la personalidad —y otras disciplinas psicológicas como la psicología social— en la sólida base que epistemológicamente le corresponde: la ética.

Hay que recordar que en la ética clásica convivían de hecho varios niveles de conocimiento distintos —como se ve en los libros éticos aristotélicos—: 1) Un primer nivel propiamente científico (en sentido clásico), es decir que alcanza la verdad acerca de las causas primeras de las cosas humanas con certeza (así al hablar del fin del hombre, de los hábitos, virtudes y vicios en común, etc.); 2) Un nivel experimental, en el que se describen los hechos morales como se dan ut in pluribus (como cuando se afirma que «el pensamiento mitiga las concupiscencias», que «hay peleas entre los soberbios», etc.); 3) Un nivel de explicación de las causas próximas de los fenómenos morales, que no se basa en el silogismo científico, sino en el dialéctico, que engendra un conocimiento hipotético o probable (opinativo en el sentido clásico de opinión fundada); 4) Un nivel “prácticamente práctico”, que es el ejercicio de la virtud moral bajo la dirección racional de la prudencia —que puede suponer en algunos casos también el dominio de algunas técnicas— que es a lo que tiende y en lo que culmina todo el conocimiento anterior. Las actuales ciencias sociales y del comportamiento se sitúan generalmente en los niveles 2) y 3), aunque a veces explicitando también el nivel 1), y desarrollando el nivel 4) más en modo técnico que prudencial.

Opinamos que, de modo semejante, la práctica de la psicología se basa sobre: 1) una filosofía de la personalidad; 2) un conocimiento descriptivo de la personalidad, basado en la experiencia clínica o en estudios de tipo estadístico; 3) una teoría probable de las causas del comportamiento, apoyada en 1) y 2). En sí misma, aunque su ejercicio profesional implique el dominio de algunas técnicas —de evaluación y de intervención—, que además para ser efectivas no pueden constituir nunca un método universal útil para todo, esta práctica depende principalmente de la virtud de la prudencia.

3. El psicólogo necesita la Revelación

Ahora bien, en la medida en que lo que intentamos es entender la dinámica del carácter de las personas concretas, el recurso a la fe y a la teología es obligado porque:

1. Como dice S.S. Pío XII en un discurso dirigido a los psicólogos, la personalidad concreta —especialmente la cristiana—, se hace incomprensible si se ignoran determinados hechos conocidos por la Revelación.

Cuando se considera al hombre como obra de Dios se descubren en él dos características importantes para el desarrollo y valor de la personalidad cristiana: su semejanza con Dios, que procede del acto creador, y su filiación divina en Cristo, manifestada por la Revelación. En efecto, la personalidad cristiana se hace incomprensible si se olvidan estos datos, y la psicología, sobre todo la aplicada, se expone también a incomprensiones y errores si los ignora. Porque se trata de hechos reales y no imaginarios o supuestos. Que estos hechos sean conocidos por la Revelación no quita nada a su autenticidad, porque la Revelación pone al hombre o le sitúa en trance de sobrepasar los límites de una inteligencia limitada para abandonarse a la inteligencia infinita de Dios .

La psicología contemporánea, particularmente en algunos de sus campos como la psicoterapia, plantea ciertos problemas que no tienen adecuada solución si no se eleva la mirada hacia sus fundamentos filosóficos y teológicos. Si el psicólogo —particularmente el psicólogo práctico— no tiene en cuenta que el hombre es imagen de Dios y que está llamado a la vida de la gracia filial de Cristo, no comprenderá del todo a las personas o incluso errará, nos dice el Santo Padre. Hay datos que conocemos por la Revelación, o por la teología que profundiza en el dato revelado, y que, si no se tienen en cuenta, llevan al psicólogo práctico a errar en aquello que le es más propio, el juicio sobre la personalidad y, consiguientemente, en la ayuda que se basa en ese juicio.

2. Porque, debido al estado actual de la naturaleza —caída por el pecado original—, la ley natural no se puede cumplir perfectamente sin la gracia . Es más, lo que es normal y anormal para el hombre no se termina de entender sino desde la Revelación. Esto mismo recuerda S.S. Juan Pablo II refiriéndose a otro aspecto del misterio del hombre; no el de su grandeza —imagen de Dios e hijo de Dios en Cristo—, sino el de su miseria: el estado de naturaleza caída. En este sentido, el Papa nos dice que las ciencias humanas (como la sociología o la psicología, que a veces son ciencias morales descriptivas o hipotéticas, y otras muchas veces auténticas cosmovisiones filosóficas —como es el caso del marxismo o del psicoanálisis—) no nos pueden dar a conocer lo que es el hombre normal, y por lo tanto no son normativas. Lo son sólo si, desarrolladas correctamente, el estado de hecho de la mayoría de los hombres. A veces se confunde la normalidad empírica (la media estadística) con la normalidad humana según la naturaleza y la gracia. El hombre normal sólo nos es conocido por la Revelación: «Mientras las ciencias humanas, como todas las ciencias experimentales, parten de un concepto empírico de “normalidad”, la fe enseña que esta normalidad lleva consigo las huellas de una caída del hombre desde su condición originaria, es decir, está afectada por el pecado. Sólo la fe cristiana enseña al hombre el camino de retorno “al principio” (ver Mt 19, 8), un camino que con frecuencia es bien diverso del de la normalidad empírica» .

Un estudio meramente empírico, por correcto que sea metodológica y filosóficamente —no nos referimos ya de la empiria contaminada por prejuicios ideológicos falsos—, no sólo no puede decirnos cómo es el hombre normal, sino que, dice el Papa Juan Pablo II, con frecuencia la normalidad empírica y la normalidad real son muy distintas. Esto recuerda la crítica hecha por el psiquiatra y filósofo católico Rudolf Allers al criterio estadístico de normalidad (sostenido en aquel tiempo, entre otros, por el famoso psiquiatra Kurt Schneider): «Supongamos que en un país hubiera 999 hombres afectados por la tuberculosis y sólo uno que no estuviera enfermo. ¿Se podría concluir que el “hombre normal” es aquel cuyos pulmones están carcomidos por la enfermedad? Lo normal no se confunde con la media. Si pues, según la media, el hombre se decide por el instinto, esto no prueba que no pueda hacer otra cosa, ni que los valores elevados son por naturaleza débiles» .

Es necesaria la purificación del intelecto y del afecto que produce la gracia, que nos pone en contacto personal con Cristo, para llegar a conocer de verdad al hombre. No otra cosa dice el Concilio Vaticano II en Gaudium et spes 22: «En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación».

En este sentido, sin negar todos los niveles epistemológicos naturales que hemos mencionado, que poseen su autonomía, creemos que se puede hablar de una “psicología cristiana”, que en su traducción “profesional” en las circunstancias actuales está casi toda por desarrollar.

4. Psicoanálisis y psicoterapia

Ya se ha dicho que entre todas las especialidades psicológicas la psicoterapia plantea un problema especial, y por eso la hemos dejado para el final. El problema tiene su origen en que históricamente la psicoterapia moderna surgió en el seno de la práctica médica. La mayoría de los primeros psicoterapeutas eran médicos neurólogos o psiquiatras (una excepción importante es Pierre Janet, que comenzó a practicar la psicoterapia siendo filósofo aun antes de graduarse en medicina). Sin embargo, como ya hemos señalado, las grandes escuelas de psicoterapia, de Freud en adelante, no sólo implican una visión antropológica, sino que muchas veces presentan una ética alternativa cuando no una completa visión del mundo. De aquí surge la cuestión de si la psicoterapia es una especialidad médica más, o si pertenece a filosofía o a las ciencias sociales.

Para resolver este problema, habría que profundizar en la naturaleza de la enfermedad psíquica, cosa que en este contexto no podemos hacer . Evidentemente, gran parte de las enfermedades llamadas “mentales” son enfermedades en el sentido estricto de la palabra y susceptibles de un tratamiento médico. Pero desórdenes específica o principalmente psíquicos y psicogenéticos, que además son tratados por vía psíquica —como el carácter neurótico y los trastornos de personalidad—, nos permitimos dudar que puedan ser llamados enfermedades en el mismo sentido. Por otro lado, todo trastorno de la personalidad o carácter, en la medida en que hablamos de la personalidad humana en cuanto tal, tiene un aspecto moral fundamental que no se debe descuidar si se debe comprender la personalidad como un todo. Así lo señala Pío XII: «Hay un malestar psicológico y moral, la inhibición del yo, del que vuestra ciencia se ocupa de develar las causas. Cuando esta inhibición penetra en el dominio moral, por ejemplo, cuando se trata de dinamismos como el instinto de dominación, de superioridad, y el instinto sexual, la psicoterapia no podría, sin más, tratar esta inhibición del yo como una suerte de fatalidad, como una tiranía de la pulsión afectiva, que brota del subconsciente y que escapa absolutamente al control de la conciencia y del alma. Que no se abaje demasiado apresuradamente al hombre concreto con su carácter personal al rango del animal bruto. A pesar de las buenas intenciones del terapeuta, los espíritus delicados resienten amargamente esta degradación al plano de la vida instintiva y sensitiva. Que no se descuiden tampoco nuestras observaciones precedentes sobre el orden de valor de las funciones y el rol de su dirección central» .

Aquí se trata evidentemente del “carácter neurótico” y de los temas centrales de la psicoterapia clásica, es decir de Sigmund Freud (“el instinto sexual”) y de Alfred Adler(“el instinto de dominación, de superioridad”). Y es justamente refiriéndose explícitamente a estos temas que el Papa Pío XII dice: «¡Atención! Cuando entran en juego estos “dinamismos”, no se pueden tratar los desórdenes de la imaginación y de la afectividad como si nos encontráramos ante una fatalidad, algo inevitable e ingobernable. No hay que reducir al hombre al nivel del animal. Hay que pensar que, aun en estos casos, la razón y la voluntad, que pueden estar oscurecidas y debilitadas, no han perdido su rol central. Lo cual implica no sólo que la responsabilidad no ha desaparecido completamente —aunque en los casos concretos pueda ser difícil o imposible de determinar—, sino sobre todo que la psicoterapia no debe degradar al hombre a un simple o complejo mecanismo, o a un ser todo pulsión e imaginación. De este modo perjudicaremos especialmente a “los espíritus delicados”, o sea a los mejores».

Por este motivo, Pío XII alerta acerca de los peligros de una terapia que, como la psicoanalítica, hace que el individuo se sumerja sin defensa en sus fantasías y que, eventualmente, no sólo traiga a la conciencia imágenes sexuales reprimidas, sino que deba volver a vivenciarlas como requisito indispensable para la curación, con el peligro que esto supone para la pureza moral de la persona:

«Para liberarse de represiones, de inhibiciones, de complejos psíquicos, el hombre no es libre de despertar en sí, con fines terapéuticos, todos y cada uno de esos apetitos de la esfera sexual, que se agitan o se han agitado en su ser (…). No puede hacerlos objeto de sus representaciones y de sus deseos plenamente conscientes, con todas las rupturas y las repercusiones que implica tal modo de proceder. Para el hombre y el cristiano existe una ley de integridad y de pureza personal de sí, que le prohibe sumergirse tan completamente en el mundo de sus representaciones y de sus tendencias sexuales. El “interés médico y psicoterapéutico del paciente” encuentra aquí un límite moral. No se ha probado, aún más, es inexacto, que el método pansexual de cierta escuela de psicoanálisis sea una parte integrante indispensable de toda psicoterapia seria y digna de tal nombre; que el hecho de haber negado en el pasado este método haya causado graves daños psíquicos, errores en la doctrina y en las aplicaciones en educación, en psicoterapia y menos todavía en la pastoral; que sea urgente colmar esta laguna e iniciar a todos los que se ocupan de cuestiones psíquicas, en las ideas directrices, e incluso, si es necesario, en el uso práctico de esta técnica de la sexualidad» .

Más allá del detalle de la mayor o menor adecuación de esta crítica al pensamiento de Freud, es claro que para este autor la terapia supone la afloración sin censura de representaciones reprimidas. De alguna manera, el psicoanálisis es una terapia en la que el sujeto analizado se debe reconciliar con sus propios objetos imaginarios internos. Por eso, el analista no juega un papel educativo, sino que debe servir de pantalla para la transferencia. Contrariamente a lo que se suele pensar, la transferencia, tal como Freud la concibió, no es la relación personal entre analista y analizado. Esta relación personal es imposible, porque el sujeto no puede superar las propias imágenes internas. Nuestra relación con los demás es fatalmente siempre la repetición de nuestra relación con nuestras imágenes parentales . Por otra parte es claro que, aunque después de llegar a lo reprimido uno lo pueda rechazar conscientemente como moralmente inaceptable, esto es sólo después de: a) haberse sometido sin control racional a su influjo; b) haberlo vivenciado conscientemente, pues en la terapia psicoanalítica no sólo hay que reconocer intelectualmente el complejo de Edipo como “complejo nuclear”, sino que hay que “revivirlo” en la transferencia. La crítica, dirigida por el Papa Pío XII principalmente a las representaciones y deseos sexuales se puede dirigir también a las imágenes y tendencias agresivas, aunque éstas sean menos peligrosas por ser el apetito irascible, por su propia naturaleza, más cercano a la razón.

Esta crítica es perfectamente congruente con las líneas fundamentales de antropología cristiana: la razón y la voluntad son el centro directivo de la personalidad.

Pero Pío XII no se queda en la mera crítica del psicoanálisis, sino que propone una alternativa: partir de la visión cristiana del hombre al desarrollar la psicoterapia. En este sentido, dice Pío XII, hay que priorizar aquellos modos de intervención que se centran en la acción del “psiquismo consciente”, es decir de la razón y la voluntad, sobre la vida imaginativa y emocional; es decir, se debe preferir una psicoterapia “desde arriba”.

Sería mejor, en el dominio de la vida instintiva, conceder más atención a los métodos indirectos y a la acción del psiquismo consciente sobre el conjunto de la actividad imaginativa y afectiva. Esta técnica evita las desviaciones señaladas. Tiende a esclarecer, curar y dirigir; influencia también la dinámica de la sexualidad, sobre la cual se insiste tanto, y que se encontraría o incluso se encuentra realmente en el inconsciente o el subconsciente .

La vida sensitiva y emocional humana está hecha para ser guiada desde arriba, desde la razón. No es la vida de un espíritu encerrado en una bestia, sino una unidad hilemórfica, que es también, desde el punto de vista operativo, una unidad jerárquica. La vida sensitiva tiene cierta autonomía; pero ésta no es absoluta; ha sido creada para ser guiada por la razón y la voluntad. La “vida imaginativa y afectiva” puede ser guiada desde lo más humano en nosotros. La visión psicoanalítica es atomista, desde muchos puntos de vista. En primer lugar porque ve al psiquismo como un agregado de representaciones, que se reúnen en “complejos”. Por otra parte, porque considera que la vida psíquica superior resulta o emerge de la organización mecánica de los elementos psíquicos inferiores. Para la antropología cristiana, en cambio, la vida psíquica humana, que incluye y depende de la vida sensitiva, imaginativa y afectiva —como también, como no, de la vegetativa—, se hace sin embargo desde arriba, desde la inteligencia y la voluntad, que son las que marcan la finalidad y que por lo tanto deben dirigir la organización dinámica de la personalidad. La personalidad se entiende y se constituye desde aquí.

En el texto citado, Pío XII dice además que esta terapia desde arriba, no sólo implicará un esclarecimiento intelectivo, sino que también será directiva. Se trata de poner en un primer plano la relación del terapeuta con el paciente, relación que es personal, pues va de espíritu a espíritu, y que es además pedagógica. El motor de todo este proceso debe ser la caridad. De este modo, sin negar la pertinencia de la utilización de medios estrictamente técnicos de diagnóstico y tratamiento, la psicoterapia se convierte, por su finalidad última y por su medio principal, en una reeducación de vida emocional de la persona desde la razón y la voluntad, abiertas a la influencia de la gracia; es decir en una forma de pedagogía moral diferencial . El hombre sólo se entiende y se sana radicalmente desde lo profundo . Esta idea la expresa claramente Josef Pieper en las siguientes palabras: «Raro será que obtenga éxito la curación de una enfermedad psíquica nacida de la angustia por la propia seguridad, si no se la hace acompañar de una simultánea “conversión” moral del hombre entero; la cual a su vez no será fructuosa, si consideramos la cuestión desde la perspectiva de la existencia concreta, mientras se mantenga en una esfera separada de la gracia, los sacramentos y la mística» . 

Nuestra intención era plantear una serie de cuestiones especialmente epistemológicas en torno a la psicología contemporánea en su relación con la fe. Evidentemente en nuestro discurso sólo hemos llegado casi a enunciarlas y proponer algunas líneas de solución, que exigirían un trabajo más amplio que el presente para ser correctamente fundamentadas. Nos contentamos si nuestras reflexiones han despertado el interés por un tema que merece toda la atención del pensamiento cristiano. A pesar de todas las dificultades, quien esto escribe está convencido de que del desarrollo de una buena psicología y de una buena psicoterapia, según rectos principios filosóficos y teológicos, puede redundar un enorme bien para la Iglesia y para todos los hombres.

Fonte: Catholic.net

sábado, 14 de novembro de 2015

A Heresia Anti-litúrgica - Dom Prosper Guéranger, OSB

Dom Guéranger

A Heresia Anti-litúrgica
Servo de Deus Dom Prosper Louis Paschal Guéranger, OSB
Abade de Solesmes
Extraído de sua obra “Institutions Liturgiques”
(Cap. XIV – Da heresia anti-litúrgica e da Reforma Protestante do séc. XVI,
considerada em sua relação com a liturgia)
1840

Tradução do francês, com consultas ao inglês,
por Luís Augusto Rodrigues Domingues


Para se dar uma ideia dos estragos da seita anti-litúrgica, parece-nos necessário resumir a marcha dos pretensos reformadores do cristianismo ao longo de três séculos, e apresentar o conjunto de suas ações e de sua doutrina sobre a purificação do culto divino. Não há espetáculo mais instrutivo e mais apropriado para se fazer compreender as causas da rápida propagação do protestantismo. Certamente aí se verá a obra de uma sabedoria diabólica agindo e levando infalivelmente a vastos resultados.

I. A primeira característica da heresia anti-litúrgica é o ódio pela Tradição nas fórmulas do culto divino. Não se pode negar esta característica especial em todos os hereges, desde Vigilâncio até Calvino, e a razão é fácil de se explicar. Todo sectário, querendo introduzir uma nova doutrina, encontra-se inevitavelmente na presença da Liturgia, que é a tradição em seu mais alto poder, e não consegue encontrar repouso até ter feito calar esta voz, até estarem rasgadas as páginas que contêm a fé dos séculos passados. Com efeito, como se estabeleceram e se mantiveram em meio às massas o luteranismo, o calvinismo e o anglicanismo? Tudo se consumou através da substituição dos livros e fórmulas antigos por livros e fórmulas novos. Nada mais incomodaria os novos doutores; poderiam pregar à vontade: a fé das gentes estava doravante sem defesas. Lutero cumpriu esta doutrina com uma sagacidade digna de nossos jansenistas, dado que no primeiro período de suas inovações, à época em que se via obrigado ainda a guardar uma parte das formas exteriores do culto latino, estabeleceu o seguinte regulamento para a Missa reformada:

“Nós aprovamos e conservamos os intróitos dos domingos e das Festas de Jesus Cristo, a saber, da Páscoa, de Pentecostes e de Natal. Nós preferiríamos de bom grado os salmos inteiros de que são tirados estes intróitos, como se fazia outrora, mas queremos bem nos conformar ao uso presente. Nem mesmo culpamos aqueles que desejam reter os intróitos dos Apóstolos, da Virgem e dos outros Santos,desde que estes três intróitos sejam tirados dos Salmos ou de outras passagens da Escritura”.

Ele tinha grande ódio dos cânticos sacros compostos pela própria Igreja para expressão pública da fé. Neles ele sentia pesado o vigor da Tradição que ele desejava banir. Reconhecendo à Igreja o direito de unir sua voz, nas santas assembleias, aos oráculos das Escrituras, ele se exporia a ouvir milhões de bocas a anatematizar os seus novos dogmas. Portanto, ódio a tudo que, na Liturgia, não era exclusivamente extraído das Sagradas Escrituras.

II. Com efeito, é o segundo princípio da seita anti-litúrgica a substituição das fórmulas de estilo eclesiástico pelas leituras da Sagrada Escritura. Ela aí encontra duas vantagens: a primeira, a de fazer calar a voz da Tradição que ela sempre teme; em seguida, um meio de propagar e de apoiar os seus dogmas, pela via da negação ou da afirmação. Pela via da negação, passando em silêncio, através de escolhas astutas, os textos que exprimem a doutrina oposta aos erros que eles querem fazer prevalecer; pela via da afirmação, pondo à luz passagens cortadas que só apresentam um lado da verdade, escondendo o outro dos olhos dos mais simples. Sabe-se, desde muitos séculos, que a preferência dada, por todos os hereges, às Sagradas Escrituras sobre as definições eclesiásticas, não tem outra razão que a facilidade que eles têm de fazer dizer pela Palavra de Deus tudo o que quiserem, apresentando-a segundo o que lhes convém. (...) Quanto aos protestantes, eles quase reduziram a Liturgia inteira à leitura da Escritura, acompanhada de discursos nos quais ela é interpretada pela razão. Quanto à escolha e à determinação dos livros canônicos, acabaram por cair no capricho do reformador, que, como último recurso, decide não somente o sentido da palavra de Deus, mas se esta palavra é verdadeira ou não. Assim, Martinho Lutero conclui, em seu sistema panteísta, que a inutilidade das obras e a suficiência da fé são dogmas a serem estabelecidos e a partir daí declara que a Carta de São Tiago é uma carta de palha, e não uma carta canônica, somente pelo fato de aí se ensinar a necessidade das obras para a salvação. Em todos os tempos e sob todas as formas, funcionará sempre do mesmo jeito: nada de fórmulas eclesiásticas, somente a Escritura, mas interpretada, escolhida e apresentada por aquele ou por aqueles que sabem tirar proveito para a inovação. A armadilha é perigosa para os simples, e somente depois de um longo tempo é que se percebe o engano em que se caiu, e que a palavra de Deus, esta espada de dois gumes, como diz o Apóstolo, abriu grandes feridas, pois foi manuseada pelos filhos da perdição.

III. O terceiro princípio dos hereges acerca da reforma da Liturgia é, digamos, depois de ter expulsado as fórmulas eclesiásticas e proclamado a necessidade absoluta de se empregar apenas as palavras da Escritura no serviço divino, visto que a Escritura nem sempre se dobra, como eles gostariam, a todas as suas vontades, fabricar e introduzir fórmulas novas, cheias de perfídia, pelas quais as pessoas sejam mais solidamente ainda acorrentadas ao erro, e todo o edifício da ímpia reforma venha a se consolidar pelos séculos.

IV. Alguém poderá se admirar da contradição que a heresia apresenta em suas obras, quando vier a saber que o quarto princípio, ou, se assim se desejar, a quarta necessidade imposta aos sectários pela própria natureza de seu estado de revolta, é uma habitual contradição frente aos seus próprios princípios. Deverá ser assim, para a confusão deles, naquele grande dia, que cedo ou tarde vem, quando Deus revelar a nudez deles à vista dos povos que foram por eles seduzidos, e também porque não é da natureza do homem ser coerente, consistente. Somente a verdade pode sê-lo. Por isso, todos os sectários, sem exceção, começam por reivindicar as prerrogativas da antiguidade. Eles querem abstrair o cristianismo de tudo o que o erro e as paixões dos homens nele misturaram de falso ou de indigno de Deus; tudo o que querem é o que é primitivo, e pretendem fazer voltar ao berço a instituição cristã. Para isto, eles podam, cortam e arrancam; tudo cai sob os seus golpes, e quando alguém esperar ver reaparecer em sua pureza primeva o culto divino, encontrar-se-á coberto de fórmulas novas que mal datam de ontem e que são incontestavelmente humanas, posto que aqueles que as redigiram ainda vivem. Toda seita sofreu esta necessidade; vimos isto nos Monofisitas, nos Nestorianos; reencontramos a mesma coisa em todos os ramos do protestantismo. Sua afetação ao pregar a antiguidade é a medida usada para fazer sumir diante de si todo o passado, e assim se põem diante do povo seduzido e lhe juram que tudo está muito bem, que o aparato papista supérfluo foi-se embora, que o culto divino retornou à sua santidade primitiva. Observemos ainda uma coisa característica na mudança da Liturgia por parte dos hereges. É que, em sua sanha inovadora, eles não se contentam em retirar as fórmulas de estilo eclesiástico, que eles menosprezam sob o nome de palavra humana, mas estendem sua rejeição até mesmo às leituras e orações que a Igreja tomou emprestadas da Escritura. Mudam-nas, substituem-nas. Não querem mais rezar com a Igreja. Excomungam, por isso, a si mesmos, e temem assim a menor parcela da ortodoxia que ordenou a escolha daquelas passagens.

V. Sendo a reforma da Liturgia realizada pelos sectários com o mesmo objetivo que a reforma do dogma, de que é consequência, segue-se que, assim como os protestantes se separaram da unidade para crer menos, eles são levados a subtrair do culto todas as cerimônias e todas as fórmulas que exprimem mistérios. Tacharam de superstição e de idolatria tudo o que não lhes pareceu puramente racional, restringindo assim as expressões da fé e obstruindo, pela dúvida e até pela negação, todas as vias que se abrem para o mundo sobrenatural. Por isso, nada mais de sacramentos, a não ser o Batismo, à espera do Socinianismo que o deixaria ao arbítrio de seus adeptos; nada de sacramentais, bênçãos, imagens, relíquias de santos, procissões, peregrinações, etc. Nada também de altar, mas simplesmente uma mesa; nada de sacrifício, como em toda religião, mas simplesmente uma ceia; nada de igreja, mas só um templo, como nos Gregos e Romanos; nada mais de arquitetura religiosa, dado que aí não há mistérios; nada de pintura ou escultura cristãs, dado que aí não há uma religião sensível; enfim, nada de poesia, num culto que não foi fecundado nem pelo amor e nem pela fé.

VI. A supressão das coisas misteriosas na Liturgia protestante produziu infalivelmente a extinção total do espírito de oração que se chama de Unção no Catolicismo. Um coração revoltado não tem amor, e um coração sem amor no máximo poderá gerar expressões de respeito ou de temor, com aquele frio orgulho farisaico. Tal é a Liturgia protestante. Sente-se que aquele que a reza aplaude a si mesmo por não ser contado no número dos cristãos papistas, que trazem Deus até a sua baixeza pela familiaridade de seu linguajar vulgar.

VII. Tratando nobremente com Deus, a liturgia protestante não tem necessidade de intermediários criados. Ela creria faltar com o respeito devido ao Ser soberano ao invocar a intercessão da Santa Virgem, a proteção dos santos. Ela exclui toda esta idolatria papista que roga à criatura aquilo que se deve rogar a Deus somente. Ela remove do calendário todos os nomes dos homens que a Igreja temerariamente inscreveu ao lado do nome de Deus. Ela tem, sobretudo, um horror àqueles monges e outros personagens dos tempos passados que aí se vê figurar ao lado dos veneráveis nomes dos apóstolos que Jesus Cristo escolheu, e pelos quais foi fundada a Igreja primitiva, a única que foi pura na fé e livre de toda superstição no culto e de todo relaxamento na moral.

VIII. Tendo, a reforma litúrgica, como um de seus principais fins a abolição dos atos e fórmulas místicas, segue-se necessariamente que seus autores devam reivindicar o uso da língua vulgar no serviço divino. Por isso, este é um dos pontos mais importantes aos olhos dos sectários. O culto não é algo secreto, dizem; é preciso que o povo entenda o que canta. O ódio à língua latina é inato ao coração de todos os inimigos de Roma. Nela eles vêem o elo entre os católicos de todo o universo, o arsenal da ortodoxia contra todas as sutilezas do espírito das seitas, a arma mais poderosa do Papado. O espírito da revolta que os leva a confiar a oração universal ao idioma de cada povo, de cada província, de cada século, já deu seus frutos, e os reformados estão diariamente a perceber que os povos católicos, não obstante suas orações latinas, têm mais gosto e cumprem com mais zelo os deveres do culto que os povos protestantes. A cada hora do dia, o serviço divino tem lugar nas igrejas católicas; o fiel que aí participa deixa sua língua mãe na porta; com exceção das horas de pregação, ele só ouve os misteriosos acentos [do latim], que até cessam de ressoar no momento mais solene, no Cânon da Missa; e, contudo, este mistério o encanta de tal forma que não inveja a sorte do protestante, embora o ouvido deste último nunca escute um som sem perceber seu significado. Enquanto o Templo Reformado reúne, com grande dificuldade, uma vez por semana, os cristãos puristas, a Igreja Papista vê incessantemente os seus numerosos altares cercados pelos seus filhos religiosos. Cada dia eles deixam seus trabalhos para ouvir as palavras misteriosas que devem ser de Deus, pois elas alimentam a fé e aliviam as dores. Admitamos: é um golpe de mestre do protestantismo o ter declarado guerra à língua sagrada; se conseguir êxito em a destruir, seu triunfo já estará bem avançado. Entregue aos gostos profanos, como uma virgem desonrada, a Liturgia, a partir deste momento, perdeu seu caráter sagrado, e o povo logo achará que não vale a pena deixar os trabalhos ou os prazeres para ir até aí e ouvir alguém falar como qualquer um fala na praça pública. (…)

IX – Tirando da Liturgia o mistério, que rebaixa a razão, o protestantismo tem o cuidado de não esquecer a consequência prática, ou seja, a libertação da fadiga e do desconforto que as práticas da Liturgia Papista impõem ao corpo. Primeiramente, nada mais de jejum e de abstinência; nada de genuflexão para rezar; para o ministro do templo, nada mais de ofícios diários a serem cumpridos, nem mesmo preces canônicas para se recitar em nome da Igreja. Tal é uma das formas principais da grande emancipação protestante: diminuir a quantidade de orações públicas e particulares. O decorrer dos fatos tem mostrado rapidamente que a fé e a caridade, que se alimentam da oração, foram sendo extintas na Reforma, enquanto elas não cessam, entre os católicos, de alimentar todos os atos de devoção a Deus e aos homens, fecundados que são pelas fontes inefáveis da oração litúrgica, realizada pelo clero secular ou regular, ao qual se une a comunidade dos fieis.

X – Como falta ao protestantismo uma regra para discernir entre as instituições papistas quais as que poderiam ser as mais hostis aos seus princípios, foi-lhe preciso cavar até os fundamentos do edifício católico, e encontrar a pedra fundamental que sustenta tudo. Seu instinto fez descobrir tudo que segue este dogma que é inconciliável com toda inovação: o poder Papal. Daí Lutero ter escrito em seu estandarte: “Ódio a Roma e às suas leis”. Ele não fazia nada mais que proclamar uma vez por todas o grande princípio de todos os ramos da seita anti-litúrgica. Daqui vem a necessidade de abrogar em massa o culto e as cerimônias, como idolatria de Roma; a língua latina, o ofício divino, o calendário, o breviário, todas as abominações da grande Prostituta da Babilônia. O Romano Pontífice oprime a razão pelos seus dogmas e os sentidos pelas suas práticas rituais; é preciso proclamar que os dogmas não passam de blasfêmia e erro, e suas observâncias litúrgicas, um meio de assegurar mais fortemente uma dominação usurpada e tirânica. Eis por que, em suas ladainhas emancipadas, a Igreja luterana continua a cantar inocentemente: “Do furor homicida, da calúnia, da ira e da ferocidade do Turco e do Papa, livrai-nos, Senhor”. Cabe aqui recordar as admiráveis considerações de Joseph de Maistre, em seu livro “Sobre o Papa”, onde ele mostra, com tamanha sagacidade e profundidade, que, não obstante as dissonâncias que isolam as diversas seitas separadas umas das outras, há uma característica que reúne todas elas: a de serem não-Romanas. Imaginai uma inovação qualquer, seja em matéria de dogma, seja em matéria de disciplina, e vereis se é possível empreendê-la sem incorrer, queira ou não queira, no apelido de não-Romana, ou se quiserdes, de meio Romana, se falta audácia. Resta saber que tipo de descanso poderá encontrar um católico seja na primeira ou na segunda das duas situações.

XI – A heresia anti-litúrgica, para estabelecer para sempre o seu reinado, tem necessidade de destruir de fato e de princípio todo o sacerdócio no cristianismo, pois ela sente que, onde há um pontífice, há um altar, e aí onde há um altar, há um sacrifício e, portanto, um cerimonial misterioso. Depois de ter abolido a qualidade de Sumo Pontífice, é preciso aniquilar o caráter episcopal, donde emana a mística imposição das mãos que perpetua a hierarquia sagrada. Resulta daí um vasto presbiterianismo, que é exatamente a consequência imediata da supressão do soberano Pontificado. Daí, não há mais um padrepropriamente dito. Como a simples eleição, sem uma consagração, fará dele um homem sagrado? A reforma de Lutero e de Calvino não conhecerá outra coisa senão Ministros de Deus, ou dos homens, como se queira. Mas é impossível ficar só nisso. Escolhido e empossado por leigos, portando no templo uma toga de alguma bastarda magistratura, o ministro não passa de um leigo revestido de funções acidentais; não há nada mais que leigos no protestantismo. E assim deve ser, posto que não há mais Liturgia. Bem como não há mais Liturgia, posto que não há nada mais que leigos.

XII – Por fim, no último degrau de embrutecimento, não existindo mais o sacerdócio, dado que a hierarquia está morta, o príncipe, única autoridade possível entre leigos, proclamar-se-á chefe da Religião, e se verá os mais orgulhosos reformadores, depois de ter lançado fora o jugo espiritual de Roma, reconhecerem o soberano temporal como sumo pontífice, e colocarem o poder sobre a Liturgia entre as atribuições de direito majestático. Não mais haverá dogma, moral, sacramentos, culto e cristianismo, a não ser que agrade ao príncipe, dado que o poder absoluto lhe foi entregue sobre a Liturgia, pela qual todas aquelas coisas têm sua expressão e sua aplicação na comunidade de fieis. Tal é, portanto, o axioma fundamental da Reforma, na prática e nos escritos dos doutores protestantes. Este último traço completará o quadro, e permitirá ao próprio leitor julgar sobre a natureza desta pretensa libertação, operada com tanta violência no que tange ao papado, para estabelecer, em seguida, porém necessariamente, uma destrutiva dominação sobre a própria natureza do cristianismo. É verdade que, no começo, a seita anti-litúrgica não tinha o costume de bajular os poderosos: albigenses, valdenses, wycliffitas, hussitas, todos ensinaram que era preciso resistir e mesmo atacar todos os príncipes e magistrados que se encontrassem em estado de pecado, pretendendo que um príncipe perdia o direito no momento em que não estivesse mais na graça de Deus. A razão disso é que os sectários temiam a espada dos príncipes católicos, bispos de fora, tendo tudo a ganhar minando sua autoridade. Mas a partir do momento em que os soberanos, associados à revolta contra a Igreja, quiseram fazer da religião uma coisa nacional, um meio de governo, a Liturgia, bem como o dogma, reduzida aos limites de um país, ficou submetida naturalmente à mais alta autoridade do país, e os reformadores não tinham como deixar de prestar um vivo reconhecimento àqueles que davam, assim, o auxílio de um braço poderoso para estabelecer e conservar suas teorias. É bem verdade que aí há toda uma apostasia nesta preferência dada ao temporal sobre o espiritual, em matéria de religião; mas agem assim pela necessidade de se manter. Precisam não só ser consistentes, mas sobreviver. É por isso que Lutero, que se separou brilhantemente do Pontífice Romano, este considerado como fautor de todas as abominações da Babilônia, não teve vergonha de si mesmo ao declarar teologicamente legítimo um duplo casamento para o landgrave de Hesse, e é por isso também que o Abade Gregório encontrou em seus princípios o meio de associar, de uma vez, a Convenção inteira no voto de execução contra Luís XVI, e de se fazer o defensor de Luís XIV e de José II contra os pontífices romanos.

Tais são as principais máximas da seita anti-litúrgica. De modo algum estão exageradas. Apenas enfatizamos a doutrina centenas de vezes professada nos escritos de Lutero, de Calvino, dos Centuriadores de Magdeburgo, de Hospiniano, de Kemnitz, etc. Estes livros são fáceis de consultar, ou melhor, a obra que resultou daí está sob os olhos de todo o mundo. Cremos ter sido útil pôr à luz estas principais características. Sempre é bom ter conhecimento acerca do que é errado. O conhecimento prático e direto é, às vezes, menos vantajoso e menos fácil.

Cabe aos pensadores católicos tirar a conclusão.

Dom Guéranger
***

O texto francês utilizado para a tradução esteve disponível em:
http://salve-regina.nuxit.net/Liturgie/Heresie_antiliturgiste.htm
Ele confere com o original do autor, disponível em:
http://books.google.com/books?id=VV9MpxP3MI8C (pág. 414-425)
O texto inglês utilizado como fonte secundária está disponível em:
http://www.catholicapologetics.info/modernproblems/newmass/antigy.htm

Fonte: Salvem a Liturgia

domingo, 1 de novembro de 2015

A visibillidade da Igreja - Padre Maurílio Teixeira Penido


Por três vezes a Encíclica se refere à visibilidade da Igreja. Logo ao princípio, explicando a metáfora “Corpo”, ensina que a Igreja é por essência visível e condena os erros do protestantismo antigo. (E. 34, 3 e 25). Mais adiante, ao tratar da “Cabeça” do corpo eclesiástico inculca que, sem prejuízo do governo invisível de Cristo, é a Igreja governada visivelmente pelo Papa e pelos Bispos (E. 43, 37). Enfim, aclarando o qualificativo “místico”, completa a doutrina sobre a essência da Igreja e de novo se refere à visibilidade, condenando desta feita a oposição moderna entre a Igreja da caridade (invisível e divina) e a Igreja jurídica (visível e humana) (E. 54, 30).

É de notar que a nossa Encíclica, ao fixar essa verdade de fé, cita dois trechos da Encíclica de Leão XIII Satis cognitum1 e por duas outras vezes se refere ao mesmo documento. Procuremos pois explicar Pio por Leão; venha o “Lumen in cœlo” aclarar a doutrina do “Pastor angelicus”. Leão XIII serve-se de dois pontos de referência para esclarecer a doutrina da Igreja: a nossa pessoa humana; a pessoa divina de Cristo.

Dois princípios ou elementos constituem a pessoa humana; um, interno, espiritual, invisível: a alma; o outro externo, material, visível: o corpo. Assim, se atentarmos no fim supremo que colima e nas causas mais íntimas de sua santidade, será a Igreja de certo espiritual; mas se considerarmos ao contrário os membros que a compõem e os meios que nos encaminham até os dons espirituais, ela será externa e necessariamente invisível. Ora, assim como é impossível reduzir o homem apenas ao corpo ou apenas à alma, antes a pessoa humana requer, para ser constituída, a estreita conjunção de ambos; assim também é essencial à constituição da Igreja unirem-se estreitamente o elemento espiritual e o material, porquanto ela nem é um cadáver nem um puro espírito, senão o Corpo de Cristo, dotado de vida sobrenatural. Prosseguindo, Leão XIII mostra como na contextura da Igreja o elemento interno, invisível e o externo, visível, se encontram entremeados, sem que seja possível separá-los.

A missão espiritual de ensinar, os Apóstolos só a puderam exercer por meio das palavras e atos que os sentidos percebiam. A voz exterior, escutada pelo ouvido, gerou a fé no íntimo das almas2.Por sua vez a fé, imanente ao espírito, deve transparecer pela profissão externa3. Nada mais interior ao homem que a graça, fonte de santidade; todavia, os meios normais e principais pelos quais ela se comunica são exteriores, a saber os sacramentos administrados segundo determinados ritos, por ministros adrede escolhidos. Enfim, Jesus Cristo encarregou os Apóstolos e seus sucessores perpétuos de instruir e reger os povos; a esses pediu que lhes acolhessem os ensinamentos e lhes obedecessem ao governo; nunca esses laços mútuos de direitos e de deveres se poderiam ter formado e mantido sem o recurso aos sentidos, intérpretes e mensageiros da realidade. Motivo pelo qual as Sagradas Letras tão freqüentemente rezam ser a Igreja um Corpo, o Corpo de Cristo4.

Por ser Corpo, ela é visível; por ser Corpo de Cristo, ela é viva, atuosa, vegeta. Guarda-a e sustenta-a Jesus Cristo pela virtude que lhe influi; bem assim nutre e faz frutificar as vides da cepa que unidas lhe permanecem. Como nos seres animados, o princípio da vida, invisível e escondido, se traduz e manifesta no exterior pelo movimento e pela ação dos membros, assim na Igreja o princípio de vida sobrenatural se patenteia pelos atos que ele dele dimanam.

Essa última frase de Leão XIII põe a descoberto o âmago da questão: está em jogo a visibilidade da Igreja precisamente como organismo sobrenatural. Que ela seja visível, nos homens de carne e osso que a integram, é por demais evidente para ser negado; também é visível a existência dum corpo social dotado de instituições jurídicas, morais, litúrgicas, denominado “Igreja Católica”. O que está em jogo é a visibilidade da Igreja enquanto divina, instituição sobrenatural fundada por Cristo. Afirma a doutrina católica que essa visibilidade é essencial à Igreja, lhe é nativa, pois pertence-lhe à própria constituição5.Nossa alma enquanto espírito é invisível, todavia enquanto encarnada, ela se manifesta, transparece, se torna visível através das atividades do corpo por ela promovidas. Não só distinguimos o corpo animado do corpo inanimado ou cadáver; mas ainda quantos pensamentos, por vezes mui recônditos, percebemos através de simples atitudes corporais? Um sorriso, um olhar, um bater de pálpebras, podem ser mais reveladores do que um fluxo de palavras. Semelhantemente, o aspecto sobrenatural da Igreja é, em si, de todo invisível, porque “a Deus nunca ninguém o viu” (Jo, I, 18). Sem embargo, esse sobrenatural não reside, incomunicável, num santuário misterioso e inatingível; ele anima as atividades visíveis da Igreja. O poder de santificar, espiritual e invisível, manifesta-se exteriormente pelos ritos sacramentais e pelo culto; o poder espiritual e invisível de iluminar as inteligências com a doutrina revela-se extremamente pela pregação; o poder espiritual e invisível de reger as almas patenteia-se externamente pelas instituições jurídico-sociais. Desde os mais primitivos tempos, pregadores e apologetas apontaram a constância dos mártires, a pureza das virgens, a caridade dos fiéis, quais sinais visíveis da seiva invisível que animava o Corpo Místico; e o Concílio Vaticano, estatuindo que a Igreja é um milagre permanente, ensinou que a vida visível da Igreja manifesta-se como realidade divina, já que o milagre mostra “como com o dedo de Deus a missão sobrenatural e o sobrenatural múnus da Igreja” (E, 41, 34).

O dogma da visibilidade essencial da Igreja6 não significa — como caluniam os protestantes — que para os católicos o principal seja a parte exterior, por exemplo: a estrutura jurídica. Afirmar a visibilidade essencial do homem não é manter que o principal no homem seja o corpo. Segundo a doutrina católica o elemento espiritual é primário na Igreja, como é primário no homem7; no entanto, como a alma, invisível em si, se revela através do corpo que ela organiza, faz viver, crescer, e multiplicar-se, assim o sobrenatural, invisível em si, se revela na Igreja pelas manifestações da vida cristã que da graça dimanam e se expressam nas atividades do corpo eclesiástico. Aliás, tendo Deus decretado salvarem-se os homens pela Igreja, tornava-se imprescindível que eles pudessem discernir, com certeza, onde está a Igreja precisamente enquanto meio de salvação.

À pessoa humana como termo de comparação adita Leão XIII, na citada Encíclica, a pessoa de Cristo subsistindo em duas naturezas: a divina invisível, a humana visível8. Símile mais adaptado, por ser Cristo exemplar da Igreja (E. 47, 7; 49, 23; 54, 25). Assim como — ensina Leão XIII — Cristo não é todo, se nele só se considera a natureza humana e visível (segundo queriam os fotinianos e nestorianos) ou só a natureza divina (como o queriam os monofisitas), antes Cristo é uno, constituído por duas naturezas e subsistindo em duas naturezas, uma visível e outra invisível; assim também a verdadeira Igreja não é o Corpo Místico de Cristo, senão porque aquilo que nela há de visível deriva a sua natureza própria, a sua força e a sua vida dos dons sobrenaturais9. Leão XIII condena, em conseqüência, tanto o erro do protestantismo, que faz da Igreja evanescer num mistério inacessível; quanto o erro do naturalismo, que na Igreja só percebe o lado exterior, louvando-lhe embora a força de coesão social ou a virtude educativa. “Laboram em profundo e pernicioso erro, sentencia o Pontífice, os que fantasiam uma Igreja abscôndita e irreconhecível, como também os que a consideram apenas qual instituição humana, regida por forte disciplina e provida de ritos externos, não porém enriquecida pelo constante afluxo de graça divina, nem dotada de sinais, atestando, aberta e cotidianamente, que a Igreja haure a sua vida do mesmo Deus”10.

Novo erro seria contudo imaginar que esses “sinais”, embora de meridiana clareza, suprimam a fé. Absolutamente não. “Creio na Santa Igreja Católica”, professamos no Símbolo. A Igreja é um mistério de fé. Os sinais evidenciam tão-somente que o mistério da Igreja merece certamente a nossa fé; são “notas de credibilidade”, dizem os teólogos, entendendo por aí que aquilo que da Igreja vemos, torna evidentemente crível o que dela não vemos. A evidência vem pois desabrochar num ato de fé. A vida sobrenatural que, interna e abscôndita, anima a Igreja revela-se no exterior apenas o bastante para que todo homem, procurando com intenção reta, veja claramente que ali existe algo de milagroso. Constatar a intervenção divina, entretanto, não é ainda entender o sobrenatural; devemos aceitá-lo, crê-lo. A visibilidade essencial da Igreja não suprime a fé, justifica-a, fundamentando-a os israelitas de vontade reta, ao presenciarem os milagres de Jesus, exclamava: “Um grande profeta surgiu entre nós e Deus visitou seu povo” (Lc. 7, 16). Mas, se o milagre tornava crível a afirmação de Jesus que Ele era Filho de Deus, em compensação não fazia de modo algum penetrar os arcanos dessa filiação divina. Por isso mesmo, era ela crível: objeto de fé e não de ciência. O mesmo, proporcionalmente, pode-se dizer da Igreja, prolongamento de Cristo. Na bela expressão de um grande eclesiólogo: “A Igreja é a morada viva, é o Corpo quase diáfano de um Deus escondido e incompreensível”11.

Como do oceano apenas avistamos a superfície que os ventos agitam, e a nós escapam as profundezas abismais que as ondas recobrem, assim na Igreja o mistério transparecendo ao exterior é pouca coisa, pouquíssima mesmo, em face das riquezas incompreensíveis de Cristo que se recatam no íntimo, e que só a fé atinge obscuramente. Reflitamos nos prodígios que a cada instante opera o Espírito Santo — Alma incriada da Igreja — nos invioláveis refolhos dos corações.

(Cap. de O Corpo Místico. Publicado originalmente como artigo na Revista Eclesiástica Brasileira)


1.Sobre a unidade da Igreja, em data de 29 de junho de 1895. 
2.Rom 10, 17: “A fé vem da pregação e a pregação da palavra de Cristo”. 
3.Rom 10, 10: “É necessário crer de coração, para obter a justiça e confessar pela boca para obter a salvação”. 
4.A transcendência, a irredutível originalidade da Igreja tornam impossível o descreve-la por um só conceito, menos ainda por uma só metáfora. Bem mais, a pobreza de nossas comparações humanas obrigou os teólogos a darem sentidos diversos à mesma imagem. O vocábulo “Corpo”, por exemplo, não reveste o mesmo significado segundo falamos no “Corpo da Igreja” ou no “Corpo Místico de Cristo”. Donde surge não pequena confusão entre os leigos. Fixemos pois alguns pontos de terminologia. Na Igreja distinguimos em primeiro lugar um elemento interno que denominamos Alma, pelo qual entendemos os princípios sobrenaturais mercê dos quais a Igreja vive e atua. Distinguimos em seguida um elemento externo que, denominamos Corpo e que consiste na profissão externa da fé, na recepção dos sacramentos, no governo eclesiástico, etc. como da conjunção do corpo e da alma resulta uma só pessoa humana, assim a união do elemento interno e do externo constitui uma só Igreja militante. A Alma criada é efeito e fruto da alma incriada, pois a fonte da graça é o Espírito Santo. — Feita a distinção entre a Alma e o Corpo da Igreja, podemos dizer, por exemplo, que o catecúmeno fervoroso (isto é, que tem fé e amor de Deus) pertence já à Alma da Igreja, se bem que só pelo batismo será posteriormente agregado ao Corpo da Igreja. (Consultar sobre essas distinções o Catecismo Católico, do Cardeal Gásparri, questões 134, 135, 162). Entende-se facilmente, agora, que a expressão “Corpo da Igreja” designa o elemento visível, externo, em contraposição à Alma, isto é, ao elemento invisível e interno; enquanto o “Corpo Místico de Cristo” designa o conjunto; Corpo e Alma da Igreja, em contraposição à Cabeça que é Cristo. No primeiro caso opõe-se o Corpo à Alma; no segundo, o Corpo à Cabeça. 
5.Por esse motivo, a Encíclica após haver afirmado que a Igreja é o Corpo, logo “algo de concreto e visível” (E 26, 48). — o que, em rigor dos termos, poder-se-ia entender da visibilidade “material” — volta à carga, e precisa que a Igreja é visível como Corpo Místico de Cristo (E 48, 31 seg.), o que só se pode entender da visibilidade “formal”. 
6.A heresia da invisibilidade da Igreja data do século IV, quando os donatistas ensinavam que a Igreja é a sociedade dos justos tão-somente; foi repristinada no século XV por Wiclett e Huss, pretendendo que a Igreja é a assembléia dos predestinados. (Dezinger 629, 631, 632). Como só Deus sabe quem é justo, quem é predestinado, segue-se que a verdadeira Igreja só é visível aos olhos de Deus. Assim o ensinaram abertamente Lutero e Calvino, pelo menos quando polemizavam com os católicos que os apertavam com a importuna questão? “Se vossa igreja protestante é verdadeira, onde estava há 1500 anos? Precisou Cristo esperar 16 séculos para que aparecesse a Igreja verdadeira?” retrucavam os heresiarcas, que só Deus conhece a verdadeira Igreja. Porém, quando polemizavam com os protestantes dissidentes, encareciam eles a visibilidade das igrejas luterana e calvinista. Erro afim, foi, na Idade Média, o dos fraticelos, distinguindo duas igrejas, uma carnal, outra espiritual. (Dezinger 485). Para os protestantes “liberais” e os “modernistas” só importa o “sentimento religioso” do qual todo o resto é apenas cristalização, corporificação — inevitável, sem dúvida, porém de valor secundário e cuja instituição não remonta a Cristo. (Dezinger, 2091). 
7.Que o elemento invisível seja o principal na Igreja, depreende-se da doutrina de nossa Encíclica, segundo a qual a Igreja nasceu no Calvário, do lado traspassado de Cristo (E, 39, 14); aparece claramente, então, que a Igreja é antes de tudo caridade, graça, vida espiritual profunda. 
8.É esse um dos trechos da Encíclica Satis cognitum citado por nosso texto. (E, 54, 25 seg.). 
9.Mais uma vez desponta a verdade básica que já procuramos aclarar: a Igreja prolongamento de Cristo. É por ser-lhe o Exemplar, a um tempo Deus e homem, invisível e visível, que na Igreja se entretecem o divino e o humano, o invisível e o visível: a palavra, humana e visível, portador da graça invisível; os pastores, humanos e visíveis, revestidos de autoridade invisível e divina. Como a humanidade de Cristo não é coisa acidental, assim não o é o lado humano e visível da Igreja. Um Chefe ou Cabeça, divino-humano, invisível-visível, devia ter um prolongamento ou corpo divino-humano, visível-invisível. 
10.Alude Leão XIII, aos sinais ou notas que permitem discernir a verdadeira Igreja: unidade, santidade, catolicidade, apostolicidade. 
11.Charles Journet, L’Église Mystérieuse et Visible (Nova et veter, Revue catholique pour la Suisse Romande, 1940, p. 377).

Fonte: Permanência

sábado, 31 de outubro de 2015

Os mistérios do Rosário à luz do princípio da Plenitude da Graça em Jesus e em Maria - Garrigou-Lagrange



MISTÉRIOS GOZOSOS

1. — A ANUNCIAÇÃO 

"Ave, gratia plena" (Lc 1, 28). Desde o instante de sua concepção imaculada, Maria recebeu a graça com tamanha plenitude inicial, que excedeu a de todos os santos e anjos reunidos, como um único diamante vale mais do que um punhado de outras pedras preciosas; e como um fundador de Ordem é superior a seus filhos pela inspiração especial que recebeu. Esta plenitude de fé, de esperança, de caridade, que, em Maria, pelos seus méritos, não cessou de crescer, lhe foi dada em virtude de sua missão, única no mundo, de mãe de Deus; em virtude de sua maternidade divina, que ultrapassa a ordem da graça e atinge, de um certo modo, a ordem hipostática, constituída pela união pessoal da humanidade de Jesus ao Verbo de Deus. É este mistério da Encarnação aqui anunciado a Maria. Sob a luz de Deus ela diz seu Fiat com uma grande fé, uma grande paz e também com uma grande coragem, pois pressente para seu Filho os sofrimentos anunciados pelos profetas; e serão seus também os sofrimentos de seu Filho. Depois deste Fiat, no momento em que se realiza o mistério da Encarnação, a vinda do Verbo aumenta consideravelmente, em Maria, a plenitude inicial de caridade; assim, a Virgem participa, mais do que ninguém jamais participará, dos efeitos que produz na santa alma do Cristo a plenitude ainda superior, que ela recebe no momento mesmo da Encarnação. O Verbo se encarna para nos salvar, morrendo por nós na cruz; na sua santa alma e na alma de Maria a plenitude de graça produz então dois efeitos aparentemente contraditórios mas intimamente unidos, a mais profunda paz que deverá irradiar-se sobre nós, e um desejo da Cruz que se revelará mais e mais até a hora do Consummatum est.

2. — A VISITAÇÃO 

Maria saudou Isabel e, como diz São Lucas (1, 41), quando Isabel ouviu a saudação de Maria, a criança que ela trazia estremeceu em seu seio e ela ficou cheia do Espírito Santo. Elevando a voz, exclamou: "Bendita és tu entre as mulheres, e bendito é o fruto do teu ventre. E donde a mim esta dita, que a mãe do meu Senhor venha ter comigo? Porque, logo que a voz da tua saudação chegou aos meus ouvidos, o menino exultou de alegria no meu ventre."
Maria, que vai dar luz a N. S., leva a graça a Isabel e ao precursor que vai nascer. Maria, ela própria, foi resgatada, de uma maneira absolutamente excepcional, pelos méritos futuros de seu Filho e ela concorre para a redenção de todos nós. No instante de sua concepção imaculada, ela foi resgatada por uma redenção soberana, redenção soberana e preservadora, que o Redentor exerceu, ao menos em relação a uma alma, em relação àquela que deveria associar-se a Ele, mais do que qualquer outra, na obra da salvação dos homens. Neste sentido quis o Senhor que ninguém fosse salvo senão levando em conta os méritos de sua Mãe. Assim Ele quis santificar o Precursor pelas palavras de Maria.

3. — O NASCIMENTO DE JESUS

A plenitude de graça da Virgem Santíssima cresce com o nascimento do Salvador, quando ela tem a imensa alegria de entregá-lo ao mundo.

Deixemos as alegrias freqüentemente demasiado humanas, às vezes perigosas, que nos afastariam de Deus, para viver a elevada e puríssima alegra da Boa Nova do Evangelho. O anjo disse aos pastores que à noite guardavam seus rebanhos: "Não temais, porque eis que vos anuncio uma grande alegria, que será para todo o povo. É que hoje vos nasceu, na cidade de Davi, o Salvador, que é o Cristo, o Senhor." A alegria do mistério da Encarnação é a da presença real de Deus entre nós, de Deus que vai continuar a viver no meio de nós na Eucaristia. "Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis" (Lc 2, 14). É o primeiro efeito da plenitude da graça que começa a brilhar sobre nós.

4. — APRESENTAÇÃO DE JESUS NO TEMPLO

No dia da Anunciação Maria tinha dito seu Fiat com paz e grande alegria; mas, também, na dor, pois pressentia os sofrimentos do Salvador, tão claramente anunciados por Isaías. Esta dor aumenta hoje, quando a Virgem Santa é diretamente esclarecida pela profecia do velho Simeão, que prediz de um modo bem claro: "Eis que este (Menino) está posto para ruína e para ressurreição de muitos em Israel, e para ser alvo da contradição. E uma espada traspassará a tua própria alma, afim de se descobrirem os pensamentos escondidos nos corações de muitos." (Lc 34, 35)

Maria, apresentando seu Filho no Templo, oferece-o por nós na dor; este sofrimento está, entretanto, intimamente unido à alegria profunda que ela sente ouvindo as palavras de paz de Simeão: "Agora, Senhor, deixas partir o teu servo em paz, segundo a tua palavra; porque os meus olhos viram a tua salvação, a qual preparaste ante a face de todos os povos; luz para iluminar as nações, e glória de Israel, teu povo." (Lc 2, 29, 32)

5. — JESUS É ENCONTRADO NO TEMPLO

Nosso Senhor diz à sua Santa Mãe e a José: "Por que me procuráveis? Não sabieis que devo ocupar-me das coisas de meu Pai?" Maria aceita, na obscuridade da fé, o que ainda não podia compreender; progressivamente o mistério da Redenção ser-lhe-á revelado em toda a sua profundidade e em toda a sua extensão. É uma alegria reencontrar Jesus, mas esta alegria faz pressentir muitos sofrimentos.
Da mesma maneira, a história da vida das almas começa com a alegria que nos traz o desejo do fim último apenas entrevisto, mas logo em seguida N. S. nos faz compreender que para atingi-lo é preciso percorrer ásperos e difíceis caminhos. Assim, deve haver três grandes atos na vida de uma alma: o desejo jubiloso da beatitude do céu; a escolha, constantemente renovada, dos meios, às vezes dolorosos, que a ele conduzem; a posse do fim alcançado. Esses três grandes atos correspondem aos mistérios gozosos, dolorosos e gloriosos. O Rosário é, assim, uma escola de contemplação; ele nos conduz, suavemente, à contemplação viva que dirige a ação.

MISTÉRIOS DOLOROSOS

6. — AGONIA DE JESUS NO HORTO
Nesta tristeza acabrunhante, Jesus mantém-se perfeitamente conformado com a vontade de Deus: "Meu Pai, se for possível, afastai de mim este cálice, mas faça-se a Vossa vontade e não a minha." (Mt 26, 39).

Comparemos às nossas esta tristeza de Jesus. Quantas vezes nossa insensatez nos leva a tristezas sem fundamento? Outra vezes nossos pecados e imprudências trazem conseqüências dolorosas, mas bem merecidas, contra as quais nos irritamos. Para nos purificar, o Senhor às vezes nos envia provações muito penosas que, ai de nós, raramente suportamos bem. Contemplemos nossos dois grandes modelos — Jesus e Maria — e compreenderemos que o verdadeiro mal que nos deve afligir, são os pecados cometidos, com suas conseqüências bem maiores do que pensamos, os pecados que perdem as almas. Nosso Senhor sofreu, na medida de seu amor pelo seu Pai, ofendido e por nós, que o ofendemos.

Supliquemos-lhe que nos ensine a sofrer de um modo proveitoso para nós e, também, para os outros. Jesus, por seu amor, transformou aquilo que parece mais inútil, a dor, no que há de mais fecundo. Num certo sentido Ele está, até o fim do mundo, em agonia no seu Corpo Místico, no corpo de seus membros que carregam a cruz. Assim como os nossos olhos não podem passar sem a luz do sol, assim o Corpo Místico não pode passar sem o sofrimento reparador, irradiação do sofrimento do Cristo.

Em Gethsemani, Jesus chorou por nossos pecados, sofreu até o suor de sangue. Peçamos-Lhe a contrição verdadeira e profunda de nossos pecados, as santas lágrimas da contrição das quais Ele disse nas bem-aventuranças: "Beati qui lugente, quonian ipsi consolabuntur."

7. — A FLAGELAÇÃO

Jesus expia, pelos seus ferimentos, as vontades criminosas dos homens. Ele é ferido e nós somos curados. Maria, que vê seu Filho flagelado por nós, não é curada, mas preservada por Ele do pecado original e de suas conseqüências acabrunhadoras; é preservada, também, de nossa triste concupiscência. Assim, soberanamente resgatada por Ele, deu-lhe ela este sangue puríssimo que, neste momento, é derramado pelos chicotes dos carrascos para nos curar da concupiscência da carne, que nos afasta de Deus, aflige as famílias e arruína os povos.

Pro peccatis suae gentis
Vidit Jesum in tormentis
Et flagellis subditum.
(Stabat Mater)

8. A COROAÇÃO DE ESPINHOS

Jesus é coroado de espinhos, por escárnio e por crueldade; mas esta coroa dolorosa, sob a qual Ele expia nossos pecados de orgulho, florescerá em coroa de glória, aquela coroa do Rei dos reis, do Senhor dos senhores. E Maria, vendo-o passar coroado de espinhos, será associada a esta glória. "O Rei a amou com uma predileção única... e sobre sua cabeça depositou o diadema da realeza." (Esther, 2, 17). Antes de associá-la à sua vitória final, Nosso Senhor uniu-a aos seus sofrimentos, na paz interior que, apesar de tudo, permanece no fundo de seus corações e no desejo de imolar-se, num perfeito holocausto, pela salvação dos homens. A paz daquele que é assim coroado de espinhos, não permanece apenas no fundo de sua alma. Irradia-se há dois mil anos sobre todos os que meditam em seus corações na paixão dolorosa, na humildade do Salvador e na da sua Santa Mãe.

Como diz São Grignion de Montfort, o demônio, que é o orgulho personificado, sofre mais sendo vencido pela humildade de Maria do que se fosse esmagado duma vez pelo Todo Poderoso.

O humilde Jesus, coroado de espinhos, será elevado acima de todos. "Humilhou-se a si mesmo, feito obediente até à morte, e morte de cruz. Por isso também Deus o exaltou, e lhe deu um nome que está acima de todo o nome; para que, ao nome de Jesus, se dobre todo o joelho no céu, na terra e no inferno, e toda a língua confesse que o Senhor Jesus Cristo está na glória de Deus Padre". (Fl 2, 8).

9. — JESUS CARREGA A CRUZ.

"Se alguém quer seguir-me, renuncie a si mesmo, tome sua cruz e siga-me." 
Carreguemos, a nossa cruz, santamente, em união com o Salvador, e encontraremos nela uma doçura verdadeira que o espírito do mundo não pode conhecer. Se não levamos a cruz como devemos é porque nosso desejo de vida eterna não é bastante forte, bastante vivo e intenso. Se recuamos diante da severidade do meio é porque o desejo do fim não é tanto quando deveria ser. É preciso avivar este desejo pedindo à Virgem Santa que o aumente em nós, juntamente com a fé, a esperança e a caridade. Levadas com amor, nossas cruzes serão menos penosas, porém mais meritórias. A caridade é o princípio do mérito e torna mais suave o jugo do Senhor.

Senhor, transformai as provações que, muitas vezes, nos abatem sem proveito; fazei com que elas nos aproximem do fim almejado e se tornem, para nós e para os outros, um penhor de vida eterna.

O caminho da cruz nos lembra que não há, como o disse alguém, senão um mal verdadeiro (sobretudo em circunstâncias graves), o de não sermos santos. Temos, ao menos, a certeza absoluta de que não teremos de carregar uma cruz superior às nossas forças, ajudadas pela graça. Estamos certos do nosso guia. Resta-nos, apenas, seguir os seus passos.

10. — A CRUCIFIXÃO

Jesus vai morrer no meio dos mais atrozes sofrimentos físicos e morais e com exceção de S. João, todos os apóstolos partiram! A mãe das dores faz, então, o maior ato de fé e de esperança que jamais existiu. O crucificado entretanto tem algo mais que a fé e a esperança. Conserva, mesmo na agonia, a visão da essência divina; mas Ele como que retém esta glória no cimo de sua inteligência, para entregar-se à dor. Parece vencido, sua obra parece destruída, quase todos os discípulos partiram. Maria não cessa, um só instante, de acreditar que Ele é o Salvador, o Verbo de Deus encarnado que ressuscitará ao terceiro dia, conforme predissera. Maria compreende, como ninguém jamais compreenderá, as sete palavras que Ele pronunciou antes da morte. Ela oferece ao Pai este Filho, não apenas querido, mas legitimamente adorado, com todo o amor de que é capaz, e oferece o amor, ainda maior, d'Aquele que morre por nós. Oferecendo-o, deste modo, recebe a plenitude final da graça, que a torna, mais do que nunca, Mãe dos homens, co-redentora e medianeira universal. 

Maria, deste modo, "carregou a morte de Cristo". Supliquemos-lhe: "Fac ut portem Christi mortem". Peçamos-lhe tornar-nos participantes dos dois grandes efeitos da plenitude da graça: a paz e o desejo da cruz. Que ela nos faça amar a cruz como todos os santos a amaram e nos conceda uma compreensão, sempre mais viva e mais profunda, do mistério da Redenção, e do valor infinito da Missa, que o perpetua sobre nossos altares.

MISTÉRIOS GLORIOSOS

11. — A RESSURREIÇÃO 

Jesus venceu a morte, porque, na cruz, venceu o demônio e o pecado. Jesus pôde dizer a seus discípulos: "Venci o mundo" (Jo 16, 33); isto é, venci o espírito do mundo feito de concupiscência e de orgulho. Na ressurreição temos o sinal claro desta vitória. Não é a morte a conseqüência e o castigo do pecado? (Rm 5, 12) A vitória sobre a morte deve ser a conseqüência da vitória sobre o pecado. É isto que faz São Paulo dizer: "E se Cristo não ressuscitou, é vã a nossa fé, porque ainda permaneceis nos vossos pecados." (1 Cor 15, 17).

Este é o sentido da ressurreição e dos mistérios gloriosos que a seguem. Os mistérios gozosos falavam da alegria que acompanha o vivo desejo do fim último entrevisto; os mistérios dolorosos lembravam os severos meios que, carregando a cruz, precisamos utilizar dia a dia; os mistérios gloriosos falam do fim último já conquistado.

Estes mistérios nos introduzem na vida eterna, que é o nosso destino. Nossas alegrias e tristezas devem ordenar-se para esta glória, assim como, para ela, ordenaram-se as alegrias de Maria e do Menino Jesus e a dolorosa Paixão que, a ambos uniu, na oblação do mesmo holocausto. Contemplemos nossos dois grandes modelos e meditemos no dever de imitá-los, todos os dias de nossa vida, tendendo, com generosidade sempre crescente, para o fim ao qual eles nos querem conduzir.

12. — A ASCENSÃO

Jesus subiu ao céu, onde, à direita do Pai, reinará, eternamente, sobre as inteligências e sobre os corações. As almas dos justos entrarão com Ele no céu, para, na medida de seus méritos e segundo o seu grau de caridade, gozarem a visão beatífica. Por que a Virgem Santíssima que, ainda na terra, possuía uma caridade tão superior à de todos os santos, não acompanha logo seu Filho? A fim de permanecer ainda na Igreja militante, como o coração que ama, que sofre e que ainda merece, sustentando invisivelmente os Apóstolos nas suas difíceis tarefas. Nosso Senhor priva seus Apóstolos de Sua presença sensível, mas, como consolação, lhes deixa Sua mãe. A Igreja nascente deve seu desenvolvimento aos méritos passados do Salvador e, também, n'Ele, por Ele, com Ele, à prece e ao amor doloroso da Virgem, mãe espiritual de todos os homens.

13. — PENTECOSTES.

O Espírito Santo desce sobre a Virgem e os Apóstolos, de modo visível, sob a forma de línguas de fogo. Pensemos nas graças mais uma vez acrescidas à alma de Maria! Como a pedra que, quanto mais próxima está da terra, mais é atraída por ela e mais depressa cai, assim, a alma da Virgem, quanto mais próxima se acha de Deus, tanto mais rapidamente se eleva para Ele. Que aceleração prodigiosa no impulso de seu amor, desde a plenitude inicial, recebida no instante da imaculada conceição, desde a rapidez inicial, que já era superior ao impulso de caridade dos maiores santos! A lei da atração universal dos corpos não é senão um reflexo da lei, incomparavelmente mais elevada, que rege a tendência de todas as criaturas e, sobretudo, de todos os espíritos atraídos por deus. Desde que sigam livremente esta dupla inclinação da natureza e da graça, os espíritos elevam-se a Deus, com um amor cada vez mais intenso, até o momento em que, alcançando-O, chegam ao termo de sua jornada. Quanto mais se aproximam de Deus, mais são atraídos por Ele; é o que se verifica no dia de Pentecostes, na alma dos Apóstolos e, mais ainda, na alma de Maria, pois o impulso de sua caridade não foi retardada por nenhuma falta, nem por imperfeição alguma.

Se ela não recebeu o caráter sacerdotal, recebeu, contudo, a plenitude do espírito do sacerdócio, que é o espírito do Cristo Redentor, e ela o transmite aos Apóstolos, aos quais sua prece e sua imolação interior vão sustentar nos grandes trabalhos e lutas.

Pelas mãos da Virgem Santíssima, consagremo-nos ao Espírito Santo, pedindo-lhe que, de futuro, nos faça dóceis às suas tão numerosas e tão preciosas inspirações, as quais freqüentemente dissipamos. Peçamos também apóstolos, valorosas vocações sacerdotais; vocações numerosas, evidentemente, mas, sobretudo, generosas. Mais do que nós, Nosso Senhor deseja perpetuar seu sacerdócio e salvar as almas; muito agradaremos ao seu divino Coração obtendo, por Ele, com Ele e n'Ele, graças eficazes para formar uma elite fiel, que continua valentemente, pelos mesmos meios sobrenaturais, o apostolado dos Doze e o apostolado dos primeiros discípulos do Salvador.

14. — A ASSUNÇÃO

A Virgem Santíssima morreu de amor, sua alma foi arrebatada fora do corpo pela força de seu amor a Deus. Mas, assim elevada ao céu, pelo impulso de sua caridade, sua alma não demora em unir-se, novamente, ao corpo, que, não tendo tido nenhum contato com o pecado original, nem com o pecado atual, não deve conhecer a corrupção da carne. Nosso Senhor antecipa, deste modo, para ela, a hora da ressurreição. Associa sua Mãe Santíssima à vitória sobre a morte, porque, no Calvário, mais do que ninguém, ela fora associada à sua vitória sobre o pecado.
Santa Maria, Mãe de Deus, rogai por nós, pecadores, agora e na hora de nossa morte. É pelos méritos de vosso Filho e por vossa intercessão que podemos fazer nossa oração. Fazei-nos compreender que, para os que amam o Senhor e o amam até o fim, tudo concorre para o bem, omnia cooperantur in bonum (Rm 8, 28). Tornai-nos daqueles que o amam assim até o fim; consegui-nos a graça da perseverança final, a graça da boa morte. Veremos, então, que, pela bondade de Deus, pelos méritos de vosso Filho e por vossas preces, tudo em nossas vidas terá sido para o bem. Tudo, as qualidades naturais, os esforços, todas as graças recebidas depois do batismo, todas as absolvições, todas as comunhões, como também todas as quedas, todas as cruzes, todas as contradições e até mesmo os pecados, pois, como diz Santo Agostinho, o Senhor só os permite na vida dos eleitos para conduzi-los a um conhecimento mais profundo de si mesmos, a uma humildade verdadeira, a um reconhecimento maior, depois da absolvição, e a um maior amor.

15. — A COROAÇÃO DE MARIA NO CÉU

A Santa Mãe de Deus foi elevada acima dos coros dos anjos: "exaltata est super choros angelorum, ad coelestia regna". Assim como não podemos fazer uma idéia da plenitude final de caridade possuída pela santa alma de Maria, possuída no momento de sua morte, não sabemos, também, determinar a intensidade da luz de glória que ela recebeu, nem a intensidade da visão pela qual, mais do que todos os santos, ela penetra nas profundezas da essência divina. Ela é, assim, Rainha dos Anjos, dos Patriarcas, dos Profetas, dos Apóstolos, dos Mártires, dos Doutores, dos Confessores, das Virgens, Rainha dos todos os santos; ela é, porém, mais mãe do que Rainha.

Peçamos-lhe, pois, de minuto em minuto, até à morte, a graça necessária ao momento presente. É esta graça que lhe pedimos dizendo: "Santa Maria, mãe de Deus, rogai por nós pecadores, agora..." Solicitamos, assim, a mais particular das graças, a graça que varia a cada minuto, que nos coloca à altura dos nossos deveres do dia inteiro e que nos faz ver a grandeza de todas as pequenas coisas ligadas, de algum modo, à eternidade. Muitas vezes, dizemos distraídos este agora, mas, Maria, que nos ouve, não está distraída. Acolhe nossa prece e a graça necessária ao minuto presente, para continuarmos a rezar, a sofrer ou a agir, vem a nós, como o ar vem ao peito. Peçamos-lhe a graça de viver toda a riqueza deste minuto que passa, sobretudo na hora da prece. Há uma maneira precipitada, mecânica, anti-contemplativa, de recitar o ofício divino e o Rosário: livrai-nos, Maria, deste gênero de materialismo. Enquanto passa o minuto presente, lembrai-nos de que não é só nosso corpo ou nossa sensibilidade dolorosa ou alegremente impressionada que existe, mas também nossa alma espiritual, o Cristo que influi sobre ela e a Santíssima Trindade que habita em nós. Abandonemos à Misericórdia infinita todo nosso passado bem como nosso futuro e vivamos o momento presente de um modo muito prático e elevado; vejamos neste agora fugidio, seja ele suave, alegre ou penoso, uma imagem longínqua do único instante da eternidade imóvel e, nele, vejamos também uma prova viva, por causa da graça atual que encerra, da bondade paternal de Deus.

Neste período de nossa vida, digne-se a Virgem Santíssima fazer-nos conhecer as santas exigências do amor de Deus a nosso respeito; elas ultrapassam as dos períodos precedentes, assim como a graça deve crescer em nós até o momento de nossa morte. Deste modo toda a nossa vida será, verdadeiramente, uma marcha e mesmo uma marcha cada vez mais rápida para a eternidade, para Deus que nos atrai a si.

(Extr. de "L'amour de Dieu et la Croix de Jesus", trad. e publ. na revista A ORDEM, Out. de 1948)
Fonte: Permanência