quinta-feira, 13 de outubro de 2016

Ensinamentos sobre o «ato moral» na Encíclica Veritatis Splendor, de São João Paulo II


Enseñanzas sobre el «acto moral» en la EncíclicaVeritatis Splendor, del Beato Juan Pablo II
Padre Miguel Ángel Fuentes I.V.E

Los actos que realizamos es el modo en que nos movemos respecto del fin de nuestra vida. Cada acto que realizamos nos acerca o nos aleja de ese Fin que es, en definitiva, Dios. Por eso cuando el joven rico pregunta a Cristo: Maestro ¿qué he de hacer para conseguir la vida eterna? (Mt 19,16), Nuestro Señor le responde indicándole qué actos son los que le encaminan hacia la misma.

“Los actos humanos... expresan y deciden la bondad o malicia del hombre mismo que realiza esos actos. Estos no producen sólo un cambio en el estado de cosas externas al hombre, sino que, en cuanto decisiones deliberadas, califican moralmente a la persona misma que los realiza y determinan su profunda fisonomía espiritual” (Veritatis splendor [VS] 71).

Usando palabras de San Gregorio Niseno: “nosotros somos en cierto modo nuestros mismos progenitores, creándonos como queremos y, con nuestra elección, dándonos la forma que queremos” [1].

Ahora bien, actos podemos hacer muchos y muy diversos entre sí. Es evidente que no todos nos conducen hacia el mismo puerto. La persona humana puede obrar bien o mal, y “sólo el acto conforme al bien puede ser camino que conduce a la vida” (VS 72).

De ahí que uno de los problemas cruciales para la moral sea el determinar con exactitud de qué depende la cualificación moral de los actos libres del hombre, es decir, cómo nos aseguramos que nuestros actos sean tales que conduzcan a Dios, a la vida. Este tema en moral recibe la denominación de las “fuentes de la moralidad”.

Respecto de esto se presentan en la moral dos teorías contrapuestas: una falsa y otra verdadera. Una apoyada en la Revelación, en la filosofía realista, en la experiencia psicológica; otra apoyada en la filosofía moderna, en el agnosticismo, en el relativismo, en el utilitarismo y en el materialismo. Gran parte de los estudios morales que circulan en Instituciones católicas profesa esta segunda.

1. El teleologismo o consecuencialismo

Esta teoría a la que he hecho mención recibe varios nombres, según los matices que presenta. Se la llama “moral de los fines”, teleologismo, consecuencialismo, proporcionalismo. La expresión más crasa es la del teoleologismo o consecuencialismo, que parte de nada es en sí bueno o malo, y por tanto, la bondad de una acción depende únicamente de su fin o de sus consecuencias previsibles y calculables. El proporcionalismo es semejante pero busca suavizar esta teoría afirmando que el bien o el mal de una acción depende de la proporción entre bienes y males que son consecuencia de una acción; es decir, depende de un cálculo técnico.

Estos autores distinguen en las acciones humanas un doble nivel:

1º Un nivel propiamente moral que consiste en la relación que nuestros actos tienen con los valorespropiamente morales, los cuales son el amor de Dios, la benevolencia hacia el prójimo, la justicia, etc.). La bondad de esta dimensión es garantizada por la intención. Es decir, nuestros actos serán buenos o malos fundamentalmente por la intención de nuestra voluntad respecto de estos valores. Y esto será lo que decidirá en última instancia que nuestros actos sean buenos o malos.

2º Un nivel u orden que llaman pre-moral, no-moral, físico u óntico (varía según las distintas terminologías adoptadas por los diversos autores). Para estos autores en nuestro mundo y en nuestras acciones el bien está mezclado con el mal, y cualquier acto que realizamos está relacionado necesariamente con efectos buenos y efectos malos. Esta dimensión puede ser “recta o equivocada” según que en la proporción entre bienes y males prevalezcan los bienes sobre los males. Sin embargo, esto no afecta a la bondad o malicia de la acción (lo cual pertenece a la dimensión anterior).

Los principios principales de esta teoría son los siguientes [2]:

1º No hay acciones que en sí mismas sean buenas o malas. Dice Fuchs: “En teoría, parece que tal universalización no es posi­ble. Una acción sólo es moral al considerar las ‘circunstan­cias’ y la ‘intención’, y eso presupondría que se pueden prever adecuada­mente todas las combinaciones posibles de circunstancias e inten­ciones, lo que, a priori, no es posible. Además, la opinión contraria no tiene en cuenta, para una comparación objetiva de la moralidad, el significado de: a) la experiencia práctica, b) las diferencias de civilización, c) la historici­dad humana” [3]. Además, porque todo bien finito puede competir (y de hecho compite) con otro bien finito, ya que ambos tienen aspectos buenos y aspectos malos (por ser finitos) y consecuencias buenas y consecuencias malas. De ahí que, por ejemplo, L. Janssens, afirme que “en nuestra ac­tividad concreta siempre hay presente mal óntico”. Querer evitarlo es simplemente una utopía. El planteamiento moral verdadero debe apuntar pues a preguntarse cuándo y en qué medida estamos justi­ficados para causar o permitir el mal óntico [4].

2º No puede juzgarse ninguna acción independientemente de la intención del que obra. Así, por ejemplo, Fuchs: “El juicio moral de una acción no puede anticipar­se a la intención del agente... Una acción no puede ser juzgada moralmente en su materialidad (matar, herir o ir a la luna), sin referencia a la intención del agente; porque sin ésta última no se trata de una acción humana, y solamente podemos hablar en un verdadero sentido de bien o de mal refiriéndonos a las acciones humanas” [5].

3º Otros insistirán más bien en que no puede juzgarse la moralidad de ninguna acción sino por sus consecuencias previsibles. Lo dice explícitamente Böckle: “Las acciones concretas en la esfera inter-humana deben ser juzgadas solamente en vistas de sus consecuencias, es decir, teoleológicamente. Esto significa que en la esfera de las acciones morales no puede haber ninguna que sea siempre moralmente buena o mala, al margen de sus consecuencias” [6].

4º La elección de una acción concreta debe hacerse a la luz de la proporción entre bienes y males que procure. La que prevea que procurará más bienes y menos males, o los bienes más grandes, o que realice de modo más pleno aquí y ahora el fin intentado (y esto según la consideración “responsable”, pero subjetiva del sujeto) será la elección recta.

5º Cualquier acto puede llegar a ser bueno si encuentra consecuencias buenas que pueda justificarlo. Si actualmente hay cosas a las que no encontramos justificativo (como genocidios en masa...), esto no significa que sean en sí mismas malas, sino desproporcionadas por el momento. Por eso, no puede ya decirse que “no puede hacerse nunca el mal” o que “el fin no justifica los medios”. Por el contrario, Fuchs afirma: “si se trata de un mal a nivel premoral, la realización de un bien puede justificar­lo. El mal hecho no es moralmente malo al margen de la inten­ción ni es un acto aislado, sino un elemento de una acción única” [7]. O Knauer: “se debe admitir un mal si es la única manera de no contradecir el máximo de valor que se le opone” [8].

6º Pero como las consecuencias de cada acto no terminan con ese acto sino que acarrean consecuencias de allí en más hasta el fin de la historia, entonces (y lo dicen algunos de ellos) mientras la historia no termine no podremos juzgar del valor ético de cada acción. Esto es el agnosticismo ético y el nihilismo moral.

2. La doctrina clásica

Nuestras acciones son realidades complejas en las que intervienen diversos elementos: se conjugan ciertas realidades que son hechas con la intención de alcanzar otras y todo esto en medio de determinadas coordenadas espacio-temporales. Vamos a un ejemplo: una persona da limosna a un pobre con el fin de atraerse su voluntad y corromperlo en el futuro, y todo esto sucede dentro de un templo. Aquí tenemos tres elementos:

1º La acción que realiza esa determinada persona: dar limosna. Esto es lo que doctrina clásica ha llamado el objeto del acto.

2º El fin por el que la realiza: ganarse su voluntad para corromperlo. A esto la doctrina clásica designaba como fin del acto.

3º Ciertas coordenadas en las que la acción se ubica y que de algún modo influyen sobre ella: el realizar esta acción en un lugar consagrado a Dios. Lo cual recibe el nombre de circunstancias del acto.

La teología clásica afirma que para juzgar de la bondad o malicia de una acción, se debe tomar en cuenta los tres elementos juntamente: el objeto, el fin y las circunstancias. Sólo de la bondad de los tres (esencialmente del objeto y del fin; accidentalmente de las circunstancias) se deriva la bondad de la acción completa.

a) El fin del acto. Para que una acción sea buena se requiere que esté rectamente orientada. El fin de la acción es lo que generalmente denominamos la “intención” del acto. Podemos identificarla en nuestros actos preguntándonos por el “¿para qué realizamos cuanto estamos realizando?”.

La intención es un elemento fundamental en la calificación moral del acto hasta el punto tal que, en gran parte de los casos, según sea el fin (bueno o malo) tal será la cualificación moral de toda la acción. Es más, hemos de decir que tiene tal importancia en la vida moral, que de la determinación objetiva del Fin Ultimo, cada hombre recibirá una impronta o información de todos los actos de su vida: “aquello en lo que uno descansa como en su fin último, domina el afecto del hombre, porque de ello toma las reglas para toda su vida” [9].

Nuestro Señor ha afirmado que las cosas que salen del corazón del hombre, esas son las que le manchan (Mc 7,20). Y por eso David pedía la rectitud de la intención: Crea en mí un corazón puro, oh Dios, y renueva en mis entrañas la rectitud del espíritu (Sal. 50, 12). En el Evangelio de San Mateo Nuestro Señor hace derivar de la disposición interior la moralidad de la persona humana: Si tu ojo es bueno, todo el cuerpo está iluminado (Mt 6,22). Santo Tomás comenta estas palabras diciendo: “Por ojo se entiende la intención. Porque todo el que quiere obrar, algo intenta: de modo que si tu intención es lúcida, es decir, dirigida a Dios, todo tu cuerpo –o sea tus actuaciones– serán lúcidas. Y así ocurre a quienes de verdad son buenos” [10]. La Sagrada Escritura hace constantes referencias a las intenciones humanas como fuente de la moralidad del sujeto que actúa:
Ex 10,10: a la vista están vuestras malas intenciones.
Prov 12,5: Las intenciones de los justos son equidad, los planes de los malos, son engaño.
Prov 21,27: El sacrificio de los malos es abominable, sobre todo si se ofrece con mala intención.
Prov 22,9: El de buena intención será bendito, porque da de su pan al débil.
Prov 23,6: No comas pan con hombre de malas intenciones, ni desees sus manjares.
Prov 28,22: El hombre de malas intenciones corre tras la riqueza, sin saber que lo que le viene es la indigencia.
Fil 1,15: Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad; mas hay también otros que lo hacen con buena intención.

b) El objeto del acto. En la complejidad de nuestro obrar podemos identificar el objeto preguntándonos “¿qué es lo que se hace?”; en el ejemplo que pusimos más arriba: el dar limosna. “La moralidad del acto humano depende sobre todo y fundamentalmente del objeto elegido racionalmente por la voluntad deliberada” (VS 78). Por objeto del acto la moral entiende la esencia o naturaleza misma de aquella acción que es elegida con vistas a alcanzar el fin del acto.

El Catecismo lo describe como “la materia de un acto humano” (nº 1751). La Encíclica precisa que “el objeto del acto del querer es un comportamiento elegido libremente” (VS 78). No es nunca una cosa sino algún comportamiento concreto (robar, mentir, dar la vida, sacrificarse). Y también: “el objeto es el fin próximo de una elección deliberada que determina el acto del querer de la persona que actúa” (ibid).

Ahora bien, en la medida en que algo de esos determinados comportamientos “es conforme con el orden de la razón, es causa de la bondad de la voluntad, nos perfecciona moralmente y dispone a reconocer nuestro fin último en el bien perfecto” (VS 78).

Teniendo en cuenta el objeto del acto, es decir, el comportamiento que elegido libremente por nuestras acciones, hay que decir, que ciertos comportamientos son en sí mismos malos, otros en sí mismos buenos, otros, finalmente, en sí mismos indiferentes. ¿Qué es lo que hace que tales comportamientos sean en sí buenos, malos o indiferentes? Su relación con el bien verdadero del hombre y, consecuentemente, su ordenabilidad al Fin Ultimo de la vida humana.

Es ésta una realidad atestiguada por la Sagrada Escritura, la cual menciona a menudo obras que en sí son malas, o sea que quien tiende a ellas tiene como objeto moral de su acto una desconformidad con la regla que le presenta su razón, aunque en concreto tienda a este acto por cierto aspecto de bien sensible, físico, aparente, que ve en ello (la voluntad nunca quiere el mal en cuanto mal). Tales “obras”, son definidas como obras “de la carne”, que “excluyen del Reino de los Cielos”: adulterio, fornicación, deshones­tidad, lujuria, culto a los ídolos, herejías, envidias, homi­cidios, embriaguez, glotonería y cosas semejantes (Cf. Gal 5,19-20; 1 Cor 6,9-10; Rom 1,28-31). Otras en cambio son en sí buenas, son frutos del Espíritu Santo, que manifiestan nuestra filiación divina (cf. Rom 12,9-21; Gal 5,22-23). Las referencias a juicio de moralidad basados exclusivamente en las obras mismas son innumerables:
Jer 23,2: Mirad que voy a pasaros revista por vuestras malas obras.
Zac 1,4: ¡Volveos de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras!.
Jn 3,19: los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Jn 7,7: doy testimonio de que sus obras son perversas.
Col 1,21: vosotros... en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos, por vuestros pensamientos y malas obras.
2 Tim 4,18: El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial.
1 Jn 3,12: No como Caín, que, siendo del Maligno, mató a su hermano. Y ¿por qué le mató? Porque sus obras eran malas, mientras que las de su hermano eran justas.

¿Dónde puede el hombre captar la bondad o la malicia intrínseca de tales comportamientos? La razón aprehende la bondad o la maldad de estos comportamientos observando el ser del hombre en su verdad integral: es decir, que el hombre es alma y cuerpo, con inclinaciones a la conservación de su ser, a la conservación de la especie, a la vida en familia, en sociedad, a la verdad, a Dios; y todo esto ordenado jerárquicamente, primando lo espiritual sobre lo material, etc. Esto es, la ley natural. En la medida en que tal o cual comportamiento expresa y realiza ese bien del hombre (bien real y en su jerarquía auténtica) es intrínsecamente bueno; en la medida en que lo contradiga, es intrínsecamente malo.

Como afirma el Santo Padre, algunos “contradicen radicalmente el bien de la persona... Son actos que en la tradición moral de la Iglesia, han sido denominados «intrínsecamente malos»...: lo son siempre y por sí mismos, es decir, por su objeto, independientemente de las ulteriores intenciones de quien actúa y de las circunstancias” (VS 80).

c) Las circunstancias del acto. Finalmente para que una acción concreta sea buena, debe realizarse siempre, teniendo en cuenta las circunstancias: el tiempo debido, el lugar adecuado, la persona que corresponde, etc. No me detengo en esto porque no es tan complicado; recordemos simplemente que no sólo hay que hacer el bien, sino que hay que hacerlo bien.

Teniendo esto en cuenta, para que una acción sea buena, ha de partirse de la bondad del objeto, de la rectitud de intención y de las circunstancias debidas. La malicia de cualquiera de éstas vicia y corrompe la totalidad de la acción y nos hace no ya artífices de nuestra perfección, sino de nuestra condenación.


[1] San Gregorio Nisseno, De vita Moysis, II, 3; cit. VS 71

[2] Cf. J.Seifert, Rev. Anthropos 1, 59-60.

[3] The absoluteness of Moral Terms, Rev. Gregoria­num, 52 (1971), p. 449.

[4] Cf. LOUIS JANSSENS, Ontic Evil and Moral Evil, Rev. Louvain Studies, 1972, 115-156; Ibid, Considera­tions on Humanae Vitae, Rev. Louvain Studies, 1969, 321-353.

[5] J. Fuchs, Personal Responsability and Christian Morality, Georgetown University Press, Washington, DC, Gill and Macmillan, Dublin 1983; p. 137.

[6] F.Böckle, Rev. Concilium, 1976, cit. por Seifert, p. 63.

[7] Personal Responsability..., op. cit., p. 446.

[8] PETER KNAUER, La détermination du bien et du mal moral par le principe de double effet, Rev. NRTh, 87 (1965), p. 371.

[9] Santo Tomás, I-II,1,5.

[10] In Matth., VI, lec. 5.

Créditos: Autorescatolicos.org.

quarta-feira, 5 de outubro de 2016

São João Paulo II - Discurso no II Congresso Internacional de Teologia Moral


DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 
A LOS PARTICIPANTES EN EL II CONGRESO INTERNACIONAL 
DE TEOLOGÍA MORAL 

Sábado 12 de noviembre de 1988 

1. Con vivo gozo os dirijo mi saludo, ilustres profesores, y todos los que habéis participado en el Congreso internacional de teología moral, que ahora concluye. Mi saludo se extiende al señor cardenal Hans Hermann Groër, arzobispo de Viena, y a los representantes de los Caballeros de Colón, que con su ayuda generosa han hecho posible la celebración del Congreso. Una palabra de complacencia también para el Instituto de Estudios sobre matrimonio y familia de la Pontificia Universidad Lateranense y al Centro Académico Romano de la Santa Cruz, que lo han promovido y realizado.

El tema del que habéis hablado en estos días, queridos hermanos, estimulando vuestra profunda reflexión, ha sido la EncíclicaHumanae vitae, con la compleja red de problemas que están relacionados con ella.

Como sabéis, en los días pasados se ha realizado una asamblea organizada por el Pontificio Consejo para la Familia, en el que han participado, representando a las Conferencias Episcopales de todo el mundo: los obispos responsables de la pastoral familiar en las respectivas naciones. Esta coincidencia, no casual, me ofrece de inmediato la oportunidad de subrayar la importancia de la colaboración entre los Pastores y los teólogos y, más en general, entre los Pastores y el mundo de la ciencia, con el fin de asegurar un apoyo eficaz y adecuado para los esposos comprometidos en la realización dentro de su vida, del proyecto divino sobre el matrimonio.

Todos conocéis la explícita invitación que se hace en la Encíclica, Humanae vitae a todos los hombres de ciencia, y de modo especial a los científicos católicos, para que, mediante sus estudios, contribuyan a aclarar cada vez mas a fondo las diversas condiciones que favorecen una honesta regulación de la procreación humana (cf. n. 24). También yo he renovado esta invitación en diversas circunstancias, pues estoy convencido de que el trabajo interdisciplinar es indispensable para una adecuada aproximación a la compleja problemática referente a este delicado sector.

2. La segunda oportunidad que se me ofrece es la de testificar los alentadores resultados ya alcanzados por los muchos estudiosos que, en el curso de estos años, han hecho progresar la investigación en esta materia. Gracias también a su aportación ha sido posible sacar a la luz la riqueza de verdad, y más aún, el valor iluminador y casi profético de la Encíclica paulina, hacia la que dirigen su atención, con creciente interés, personas de los más diversos estratos culturales.

Incluso es posible constatar indicios de replanteamiento en los sectores del mundo católico, que inicialmente fueron un poco críticos respecto a este importante documento. En efecto, el progreso en la reflexión bíblica y antropológica ha permitido aclarar mejor las premisas y significados de la Humanae vitae.

Hay que recordar, en particular, el testimonio que ofrecieron los obispos en el Sínodo de 1980: ellos, «en la unidad de la fe con el Sucesor de Pedro», escribían que hay que mantener firmemente «lo que ha sido propuesto en el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 50) y después de la Encíclica Humanae vitae, y en concreto, que el amor conyugal debe ser plenamente humano, exclusivo y abierto a una nueva vida (Humanae vitae, 11 y cf. 9 y 12)» (Propositio, 22).

Este testimonio lo recogí, posteriormente, en la Exhortación post-sinodal Familiaris consortio, volviendo a proponer, en el contexto más amplio de la vocación y de la misión de la familia. La perspectiva antropológica y moral de la Humanae vitae, así como la consiguiente norma ética que se debe deducir para la vida de los esposos.

3. No se trata, efectivamente, de una doctrina inventada por el hombre: ha sido inscrita por la mano creadora de Dios en la misma naturaleza de la persona humana y ha sido confirmada por Él en la Revelación. Ponerla en discusión, por tanto, equivale a refutar a Dios mismo la obediencia de nuestra inteligencia. Equivale a preferir el resplandor de nuestra razón a la luz de la Sabiduría Divina, cayendo, así, en la oscuridad del error y acabando por hacer mella en otros puntos fundamentales de la doctrina cristiana.

Es necesario recordar, al respecto, que el conjunto de las verdades, confiadas al ministerio de la predicación de la Iglesia, constituye un todo unitario, casi una especie de sinfonía, en la que cada verdad se integra armoniosamente con las demás. Los veinte años transcurridos han demostrado, al contrario, esta íntima consonancia: la vacilación o la duda respecto la norma moral, enseñada en la Humanae vitae, ha afectado también a otras verdades fundamentales de razón y de fe. Sé que este hecho ha sido objeto de atenta consideración durante vuestro Congreso, y sobre él quisiera ahora atraer vuestra atención.

4. Como enseña el Concilio Vaticano II, "in imo conscientiae legem homo detegit, quam ipse sibi non dat, sed cui oboedire debet... Nam homo legem in corde suo a Deo inscriptam habet, cui parere ipsa dignitas eius est et secundum quam ipse iudicabitur" ("En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer... Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente") (Gaudium et spes, 16).

Durante estos años, como consecuencia de la contestación a la Humanae vitae, se ha puesto en discusión la misma doctrina cristiana de la conciencia moral, aceptando la idea de conciencia creadora de la norma moral. De esta forma se ha roto radicalmente el vínculo de obediencia a la santa voluntad del Creador, en la que se funda la misma dignidad del hombre. La conciencia es, efectivamente, el "lugar" en el que el hombre es iluminado por una luz que no deriva de su razón creada y siempre falible, sino de la Sabiduría misma del Verbo, en la que todo ha sido creado. "Conscientia" —escribe también admirablemente el Vaticano II— "est nucleus secretissimus atque sacrarium hominis, in quo solus est cum Deo, cuius vox resonat in intimo eius" ("La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquella.")(Gaudium et spes, 16)


De aquí se derivan algunas consecuencias, que conviene subrayar.

Ya que el Magisterio de la Iglesia ha sido instituido por Cristo el Señor para iluminar la conciencia, apelar a esta conciencia precisamente para contestar la verdad de cuanto enseña el Magisterio, comporta el rechazo de la concepción católica del Magisterio y de la conciencia moral. Hablar de la inviolable dignidad de la conciencia sin ulteriores especificaciones, conlleva el riesgo de graves errores. De hecho, es muy diversa la situación de la persona que, después de haber puesto en acto todos los medios a su disposición en la búsqueda de la verdad, incurre en un error, de aquella que, en cambio, o por mera aquiescencia a la opinión pública mayoritaria, a menudo creada intencionadamente por los poderes del mundo o por negligencia, se preocupa poco por descubrir la verdad. El Vaticano II nos lo recuerda con su clara enseñanza, "Non raro tamen evebit ex ignorantia invincibili conscientiam errare, quin inde suam dignitatem amittat. Quod autem dici nequit cum homo de vero et bono inquirendo parum curat, et conscientia ex peccati consuetudine paulatim fere obcaecatur. ("No rara vez, sin embargo, ocurre que yerre la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien, y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado".) (Gaudium et spes, 16).

Entre los medios que el amor redentor de Cristo ha dispuesto para evitar este peligro de error, se encuentra el Magisterio de la Iglesia: en su nombre, posee una verdadera y propia autoridad de enseñanza. Por tanto, no se puede decir que un fiel ha realizado una diligente búsqueda de la verdad, si no tiene en cuenta lo que el Magisterio enseña: si, equiparándolo a cualquier otra fuente de conocimiento, él se constituye en su juez: si, en la duda, sigue más bien su propia opinión o la de los teólogos, prefiriéndola a la enseñanza cierta del Magisterio.

Así, pues, al hablar en esta situación, de dignidad de la conciencia sin añadir nada más, no responde a cuanto enseña el Vaticano II y toda la Tradición de la Iglesia.

5. Estrechamente unido al tema de la conciencia moral, se encuentra el tema de la fuerza vinculante propia de la norma moral, que enseña la Humanae vitae.

Pablo VI, calificando el hecho de la contracepción como intrínsecamente ilícito, ha querido enseñar que la norma moral no admite excepciones: nunca una circunstancia personal o social ha podido, ni puede, ni podrá, convertir un acto así en un acto ordenado de por sí. La existencia de normas particulares con relación al actuar intra-mundano del hombre, dotado de una fuerza tal que obligan a excluir, siempre y sea como fuere, la posibilidad de excepciones, es una enseñanza constante de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia que el teólogo católico no puede poner en discusión.

Aquí tocamos un punto central de la doctrina cristiana referente a Dios y el hombre. Mirándolo bien, lo que se pone en cuestión, al rechazar esta enseñanza, es la idea misma de la santidad de Dios. Él, al predestinarnos a ser santos e inmaculados ante Él, nos ha creado "in Christo Iesu in operibus bonis, quae preparavit..., ut in illis ambulemus" ("en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos".) (Ef 2, 10): estas normas morales son, simplemente, la exigencia, de la que ninguna circunstancia histórica puede dispensar, de la santidad de Dios en la que participa en concreto, no ya en abstracto, cada persona humana.

Además, esta negación hace vana la cruz de Cristo (cf. 1 Cor 1, 17). El Verbo, al encarnarse ha entrada plenamente en nuestra existencia cotidiana, que se articula en actos humanos concretos, muriendo por nuestros pecados, nos ha re-creado en la santidad original, que debe expresarse en nuestra cotidiana actividad intra-mundana.

Y aún más: esa negación implica, como consecuencia lógica, que no existe ninguna verdad del hombre que se sustraiga al flujo del devenir histórico. La desvirtualización del misterio de Dios, como siempre, acaba en la desvirtualización del misterio del hombre, y el no reconocer los derechos de Dios, como siempre, acaba en la negación de la dignidad del hombre.

6. El Señor nos concede celebrar este aniversario para que cada uno se examine delante de Él, con el fin de comprometerse en adelante —según la propio responsabilidad eclesial— a defender y profundizar la verdad ética que enseña la Humanae vitae.

La responsabilidad que pesa sobre vosotros en este campo, queridos profesores de teología moral, es grande. ¿Quién puede medir el influjo que vuestra enseñanza ejerce tanto en la formación de la conciencia de los fieles como en la formación de los futuros Pastores de la Iglesia? En el curso de estos años, desgraciadamente, no han faltado, por parte de un cierto número de docentes, formas de abierto disenso respecto a cuanto ha enseñado Pablo VI en su Encíclica.

La celebración de este aniversario puede ofrecer el punto de arranque para un valeroso replanteamiento de las razones que han llevado a estos estudiosos a asumir tales posiciones. Entonces se descubrirá. Probablemente, que en la raíz de la "oposición" a laHumanae vitae hay una errónea, o al menos insuficiente, comprensión de los fundamentos mismos sobre los que se apoya la teología moral. La aceptación crítica de los postulados propios de algunas orientaciones filosóficas, y la "utilización" unilateral de los datos que ofrece la ciencia, pueden haber apartado del camino, a pesar de las buenas intenciones, a alumnos intérpretes del documento pontificio. Es necesario, por parte de todos, un esfuerzo generoso para aclarar mejor los principios fundamentales de la teología moral, teniendo cuidado —como ha recomendado el Concilio— de que "su exposición científica, nutrida con mayor intensidad de la doctrina de la Sagrada Escritura, muestre la excelencia de la vocación de los fieles en Cristo y su obligación de producir frutos en la caridad para la vida del mundo» (Optatam totius, 16).

7. En este esfuerzo, un notable impulso puede proceder del Pontificio Instituto para los estudios sobre el matrimonio y la familia, cuyo fin es precisamente el mostrar "siempre con más claridad, utilizando un método científico, la verdad del matrimonio y de la familia", y ofrecer la posibilidad a los laicos, religiosos y sacerdotes, de "conseguir en este campo una formación científica tanto filosófico-teológica como en las ciencias humanas», que los haga idóneos para actuar con eficacia al servicio de la pastoral familiar (cf. Const. Ap. Magnum matrimonii, 3).

Además, si se quiere que la problemática moral, relacionada con la Humanae vitae y con la Familiaris consortio, encuentre su justo lugar en el importante sector del trabajo y de la misión de la Iglesia, que es la pastoral familiar, y suscite la respuesta responsable de los mismos laicos como protagonistas de una acción eclesial que les afecta tan de cerca, es necesario que institutos como éste se multipliquen en los diversos países: sólo de esta forma será posible hacer progresar la profundización doctrinal de la verdad y predisponer las iniciativas de orden pastoral en forma adecuada a las exigencias que surgen en los diversos ambientes culturales y humanos.

Es necesario, sobre todo, que la enseñanza de la teología moral, en los seminarios y en los institutos de formación, esté conforme con las directrices del Magisterio, de modo que surjan ministros de Dios, que "hablen del mismo modo" (Humanae vitae, 28), sin disminuir "en nada la saludable doctrina de Cristo" (Humanae vitae, 29). Se apela aquí al sentido de responsabilidad de los profesores, que deben ser los primeros en dar a sus alumnos el ejemplo de "un obsequio leal, interna y externamente, al Magisterio de la Iglesia" (Humanae vitae, 28).

8. Viendo tantos jóvenes estudiantes —sacerdotes y no sacerdotes— presentes en este encuentro, quiero concluir dirigiéndoles un particular saludo.

Uno de los profundos conocedores del corazón humano, San Agustín, escribió: "Haec est libertas nostra, cum isti subdimur veritati" (De libero arbitrio, 2, 13, 37). Buscad siempre la verdad: venerad la verdad descubierta, obedeced a la verdad. No existe el gozo fuera de esta búsqueda, de esta veneración, de esta obediencia.

En esta admirable aventura de vuestro espíritu, la Iglesia no es un obstáculo: al contrario es una ayuda. Alejándoos de su Magisterio, os exponéis a la vanidad del error y a la esclavitud de las opiniones: aparentemente fuertes, pero en realidad frágiles, pues sólo la Verdad del Señor permanece eternamente.

Invocando la asistencia divina sobre vuestro noble esfuerzo de buscadores y apóstoles de la verdad, imparto a todos, de corazón, mi bendición.


Fonte: https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1988/november/documents/hf_jp-ii_spe_19881112_teologia-morale.html

Amor e sanidade - Sidney Silveira



Sidney Silveira

A Martín Echavarría

O amor é o modo próprio da sanidade psíquica. Boa parte dos males da alma humana aponta para algum déficit de expansão amorosa, quando a vontade se desgoverna a ponto de prejudicar a compreensão do nexo hierárquico das coisas implicado nas escolhas humanas — dentre as quais o amor é a mais livre, pois ninguém pode ser coagido a amar. Noutras palavras, percebemos melhor o mundo, as pessoas e a nós mesmos nos atos de amor, quando a inteligência e a vontade, irmanadas, geram a virtus unitiva, expressão usada por Tomás de Aquino para designar a força agregadora desta radical inclinação da alma humana ao bem. O saudável dinamismo psicológico de uma pessoa depende de que essa tendência amorosa natural não seja obstada. Por isso, não erraria quem dissesse que muitas patologias anímicas são doenças do amor malogrado.

O amor aperfeiçoa a alma, refina-a, mas ele próprio pode e deve ser aperfeiçoado e refinado desde tenra idade com medidas que favoreçam a abertura da inteligência aos bens reais. Esta pedagogia do amor passa pela formação do caráter a partir da educação da sensibilidade, pela apresentação às crianças de coisas belas facilmente inteligíveis, como a harmonia dos sons, na boa música, e o contato com a natureza. Depois, com atos e palavras que evidenciem o valor do bem e da verdade como propriedades do amor. Alguém assim formado vai aos poucos entendendo, quase intuitivamente, que o amor é o fundamento da vida moral, na medida em que define a qualidade das ações de uma pessoa. Trata-se, é claro, de um aprendizado do intelecto prático, e não do especulativo.

A inteligibilidade do mundo aumenta na medida do amor, que potencializa os sentidos e predispõe a inteligência a lograr os seus atos próprios sem maiores impedimentos. Em resumidas contas, sabemos melhor as coisas que amamos, e mesmo o homem maligno que procura conhecer as fraquezas das outras pessoas para usá-las a seu favor está vetorizado pelo amor — um amor que é apetite desgovernado da própria excelência. Em suma, o amor é a raiz primária de todas as paixões da alma, estejam estas ordenadas ou não. Ele designa a relação real entre o ente dotado de potências intelectivo-volitivas e o bem, daí que a apetecibilidade de qualquer coisa é formalmente a sua “razão de bondade”, como salienta Patricia Astorquiza Fierro no ótimo trabalhoFundamentación Metafísica del Amor en Tomás de Aquino.

Sendo o amor o cumprimento mais ou menos satisfatório da radical orientação teleológica da alma humana ao bem, podemos dizer com o tomista Josef Pieper o seguinte: qualquer psicoterapia que ponha demasiada ênfase na auto-afirmação da pessoa será neurotizante. Levará o homem a mentir a si próprio nalgum grau para escapar às imagens inconvenientes ou dolorosas à consciência. Ocorre que esta camuflada e egolátrica fuga da verdade acaba por retroalimentar os problemas psíquicos, podendo gerar círculos viciosos de fobias e angústias quase incuráveis. Só quem se confronta consigo mesmo sem véus nem subterfúgios pode ultrapassar o umbral da sanidade. Em contrapartida, a insanidade, seja lá como a concebamos, sempre implica o naufrágio do "eu" hipertrofiado ou atrofiado, que se torna cego às coisas exteriores e, por isso, tem grande dificuldade de amar.

Tal confronto de um sujeito com o espelho de sua consciência é praticamente impossível sem que ele perceba a gradação de bens que há na realidade e compreenda o seguinte: a sua sanidade psíquica depende de que amor e bem estejam ordenadamente unidos. 

Em suma, quem ama mais intensamente, escolhe melhor. E se considerarmos que os santos amaram intensamente o que é mais amável — ou seja, Deus —, seremos obrigados a reconhecer, com Pieper, que neste mundo só os santos estão plenamente livres da neurose, ao passo que os demais homens precisam combatê-la enquanto houver vida.

A sanidade dos santos provém de que souberam hierarquizar devidamente o amor. Daí alcançarem a paz, mesmo quando em guerra.


Fonte; Contra Impugnantes

segunda-feira, 3 de outubro de 2016

Hugo de São Vitor - Opúsculo sobre o modo de aprender e meditar



Hugo de São Vitor

OPÚSCULO SOBRE O MODO DE 
APRENDER E DE MEDITAR

A humildade é necessária ao que deseja aprender.

A humildade é o princípio do aprendizado, e sobre ela, muita coisa tendo sido escrita, as três seguintes, de modo principal, dizem respeito ao estudante.

A primeira é que não tenha como vil nenhuma ciência e nenhuma escritura.

A segunda é que não se envergonhe de aprender de ninguém.

A terceira é que, quando tiver alcançado a ciência, não despreze aos demais.

Muitos se enganaram por quererem parecer sábios antes do tempo, pois com isto envergonharam-se de aprender dos demais o que ignoravam. Tu, porém meu filho, aprende de todos de boa vontade aquilo que desconheces. Serás mais sábio do que todos, se quiseres aprender de todos. Nenhuma ciência, portanto, tenhas como vil, porque toda ciência é boa. Nenhuma Escritura, ou pelo menos, nenhuma Lei desprezes, se estiver à disposição. Se nada lucrares, também nada terás perdido. Diz, de fato, o Apóstolo:
"Omnia legentes, 
quae bona sunt tenentes".

I Tess. 5


O bom estudante deve ser humilde e manso, inteiramente alheio aos cuidados do mundo e às tentações dos prazeres, e solícito em aprender de boa vontade de todos. Nunca presuma de sua ciência; não queira parecer douto, mas sê-lo; busque os ditos dos sábios, e procure ardentemente ter sempre os seus vultos diante dos olhos da mente, como um espelho.

Três coisas necessárias ao estudante.

Três coisas são necessárias ao estudante: a natureza, o exercício e a disciplina.

Na natureza, que facilmente perceba o que foi ouvido e firmemente retenha o percebido.

No exercício, que cultive o senso natural pelo trabalho e diligência.

Na disciplina, que vivendo louvavelmente, componha os costumes com a ciência.

Prime pelo engenho e pela memória.

Os que se dedicam ao estudo devem primar simultâneamente pelo engenho e pela memória, ambos os quais em todo estudo estão de tal modo unidos entre si que, faltando um, o outro não poderá conduzir ninguém à perfeição, assim como de nada aproveitam os lucros onde faltam os vigilantes, e em vão se fortificam os tesouros quando não se tem o que neles guardar.

O engenho é um certo vigor naturalmente existente na alma, importante em si mesmo.

A memória é a firmíssima percepção das coisas, das palavras, das sentenças e dos significados por parte da alma ou da mente.

O que o engenho encontra, a memória custodia.

O engenho provém da natureza, é auxiliado pelo uso, é embotado pelo trabalho imoderado e aguçado pelo exercício moderado.

A memória é principalmente ajudada e fortificada pelo exercício de reter e de meditar assiduamente.

A leitura e a meditação.

Duas coisas há que exercitam o engenho: a leitura e a meditação.

Na leitura, mediante regras e preceitos, somos instruídos pelas coisas que estão escritas. A leitura é também uma investigação do sentido por uma alma disciplinada.

Há três gêneros de leitura: a do docente, a do discípulo e a do que examina por si mesmo. Dizemos, de fato: "Leio o livro para o discípulo", "leio o livro pelo mestre", ou simplesmente "leio o livro".

A meditação.

A meditação é uma cogitação frequente com conselho, que investiga prudentemente a causa e a origem, o modo e a utilidade de cada coisa.

A meditação toma o seu princípio da leitura, todavia não se realiza por nenhuma das regras ou dos preceitos da leitura. Na meditação, de fato, nos deleitamos discorrendo como que por um espaço aberto, no qual dirigimos a vista para a verdade a ser contemplada, admirando ora esta, ora aquelas causas das coisas, ora também penetrando no que nelas há de profundo, nada deixando de duvidoso ou de obscuro.

O princípio da doutrina, portanto, está na leitura; a sua consumação, na meditação.

Quem aprender a amá-la com familiaridade e a ela se dedicar frequentemente tornará a vida imensamente agradável e terá na tribulação a maior das consolações. A meditação é o que mais do que todas as coisas segrega a alma do estrépito dos atos terrenos; pela doçura de sua tranquilidade já nesta vida nos oferece de algum modo um gosto antecipado da eterna; fazendo-nos buscar e inteligir, pelas coisas que foram feitas, àquele que as fez, ensina a alma pela ciência e a aprofunda na alegria, fazendo com que nela encontre o maior dos deleites.

Três gêneros de meditação.

Três são os gêneros de meditação. O primeiro consiste no exame dos costumes, o segundo na indagação dos mandamentos, o terceiro na investigação das obras divinas.

Nos costumes a meditação examina os vícios e as virtudes. Nos mandamentos divinos, os que preceituam, os que prometem, os que ameaçam.

Nas obras de Deus, as em que Ele cria pela potência, as em que modera pela sabedoria, as em que coopera pela graça, as quais todas tanto mais alguém conhecerá o quanto sejam dignas de admiração quanto mais atentamente tiver se habituado em meditar as maravilhas de Deus.

Do confiar à memória aquilo que aprendemos.

A memória custodia, recolhendo-as, as coisas que o engenho investiga e encontra.

Importa que as coisas que dividimos ao aprender as recolhamos confiando-as à memória: recolher é reduzir a uma certa breve e suscinta suma as coisas das quais mais extensamente se escreveu ou se disputou, o que foi chamado pelos antigos de epílogo, isto é, uma breve recapitulação do que foi dito.

A memória do homem se regozija na brevidade, e se se divide em muitas coisas, torna-se menor em cada uma delas.

Devemos, portanto, em todo estudo ou doutrina recolher algo certo e breve, que guardemos na arca da memória, de onde posteriormente, sendo necessário, as possamos retirar. Será também necessário revolvê-las frequentemente chamando-as, para que não envelheçam pela longa interrupção, do ventre da memória ao paladar.

As três visões da alma racional. Diferença entre meditação e contemplação.

Três são as visões da alma racional: o pensamento, a meditação e a contemplação.

O pensamento ocorre quando a mente é tocada transitoriamente pela noção das coisas, quando a própria coisa se apresenta subitamente à alma pela sua imagem, seja entrando pelo sentido, seja surgindo da memória.

A meditação é um assíduo e sagaz reconduzir do pensamento em que nos esforçamos por explicar algo obscuro ou procuramos penetrar no que é oculto.

A contemplação é uma visão livre e perspicaz da alma de coisas amplamente esparsas.

Entre a meditação e a contemplação o que parece ser relevante é que a meditação é sempre das coisas ocultas à nossa inteligência; a contemplação, porém é de coisas que segundo a sua natureza ou segundo a nossa capacidade são manifestas; e que a meditação sempre se ocupa em buscar alguma coisa única, enquanto que a contemplação se estende à compreensão de muitas ou também de todas as coisas.

A meditação é, portanto, um certo vagar curioso da mente, um investigar sagaz do obscuro, um desatar do que é intrincado. A contemplação é aquela vivacidade da inteligência que, possuindo todas as coisas, as abarca em uma visão plenamente manifesta, e isto de tal maneira que aquilo que a meditação busca, a contemplação possui.

Dois gêneros de contemplação.

Há, porém, dois gêneros de contemplação. Um deles, que é o primeiro e que pertence aos principiantes, consiste na consideração das criaturas. O outro, que é o último e que pertence aos perfeitos, consiste na contemplação do Criador.

No livro dos Provérbios, Salomão principiou como que meditando; no Eclesiastes elevou-se ao primeiro grau da contemplação; finalmente, no Cântico dos Cânticos transportou-se ao supremo.

Para que, portanto, possamos distinguir estas três coisas pelos seus próprios nomes, diremos que a primeira é meditação; a segunda, especulação; a terceira, contemplação.

Na meditação a perturbação das paixões carnais, surgindo importunamente, obscurece a mente inflamada por uma piedosa devoção; na especulação a novidade da insólita visão a levanta à admiração; na contemplação o gosto de uma extraordinária doçura a transforma toda em alegria e contentamento.

Portanto, na meditação temos solicitude; na especulação, admiração; na contemplação, doçura.

Três partes da exposição.

A exposição contém três partes: a letra, o sentido e a sentença. A letra é a correta ordenação das palavras, a qual também chamamos de construção. O sentido é um delineamento simples e adequado que a letra tem diante de si como um primeiro semblante. A sentença é uma mais profunda inteligência, a qual não pode ser encontrada senão pela exposição ou interpretação. Para que uma exposição se torne perfeita requerem-se, nesta ordem, primeiro a letra, depois o sentido e posteriormente a sentença.

Os três gêneros de vaidades.

Três são os gêneros de vaidades. O primeiro é a vaidade da mutabilidade, que está em todas as coisas caducas por sua condição. O segundo é a vaidade da curiosidade ou da cobiça, que está na mente dos homens pelo amor desordenado das coisas transitórias e vãs. O terceiro é a vaidade da mortalidade, que está nos corpos humanos pela penalidade.

As obrigações da eloquência.

Disse Agostinho, famoso por sua eloqüência, e o disse com verdade, que o homem eloqüente deve aprender a falar de tal modo que ensine, que deleite e que submeta. A isto acrescentou que o ensinar pertence à necessidade, o deleitar à suavidade e o submeter à vitória.

Destas três coisas, a que foi colocada em primeiro lugar, isto é, a necessidade de ensinar, é constituída pelas coisas que dizemos, as outras duas pelo modo como as dizemos.

Quem, portanto, se esforça no falar em persuadir o que é bom, não despreze nenhuma destas coisas: ensine, deleite e submeta, orando e agindo para que seja ouvido inteligentemente, de boa vontade e obedientemente. Se assim o fizer, ainda que o assentimento do ouvinte não o siga, se o fizer apropriada e convenientemente, não sem mérito poderá ser dito eloqüente.

O mesmo Agostinho parece ter querido que ao ensino, ao deleite e à submissão também pertençam outras três coisas, ao dizer, de modo semelhante:

"Será eloqüente aquele que puder 
dizer o pequeno com humildade,
o moderado com moderação,
o grande com elevação".

Quem deseja conhecer e ensinar aprenda, portanto, quanto há para se ensinar e adquira a faculdade de dizê-las como convém a um homem de Igreja. Quem, na verdade, querendo ensinar, às vezes não é entendido, não julgue ainda ter dito o que deseja àquele a quem quer ensinar, porque, mesmo que tenha dito o que ele próprio entendeu, ainda não foi considerado como tendo-o dito àquele por quem não foi entendido. Se, porém, foi entendido, de qualquer modo que o tenha dito, o disse.

Deve, portanto, o doutor das divinas Escrituras ser defensor da reta fé, debelador do erro, e ensinar o bem; e neste trabalho de pregação conciliar os adversos, levantar os indolentes, declarar aos ignorantes o que devem agir e o que devem esperar. Onde tiver encontrado, ou ele próprio os tiver feito, homens benévolos, atentos e dóceis, há de completar o restante conforme a causa o exija. Se os que ouvem devem ser ensinados, seja-o feito por meio de narração; se, todavia, necessitar que aquilo de que trata seja claramente conhecido, para que as coisas que são duvidosas se tornem certas, raciocine através dos documentos utilizados.

Fonte: cristianismo.org

domingo, 2 de outubro de 2016

O ensino na Idade Média - Régine Pernoud


Como em todas as épocas, a criança da Idade Média vai à escola. Em geral, à escola da paróquia ou do mosteiro próximo. Com efeito, todas as igrejas possuem uma escola. O Concílio do Latrão, em 1179, torna essa obra obrigatória, e é comum ainda hoje, na Inglaterra, país mais conservador que o nosso, encontrar reunidas igreja, escola e cemitério. Acontecia também do ensino ser assegurado por fundações senhoriais. Rosny, vilarejo das margens do Sena, tinha, desde o início do século XIII, uma escola fundada em 1200 pelo senhor local, Guy V Mauvoisin. Às vezes trata-se também de escolas simplesmente privadas: os habitantes de uma propriedade se associam para pagar um mestre encarregado do ensino das crianças. Um pequeno texto engraçado nos conservou a petição de alguns pais pedindo a dispensa de um professor que, não tendo conquistado o respeito de seus alunos, chega a ser por eles espetado com os estiletes, com os quais se escrevia em tabuinhas cobertas de cêra – eum pugiunt grafionibus.

Mas os privilegiados são, evidentemente, os que podem freqüentar as escolas episcopais ou monásticas, ou ainda as capitulares, pois os capítulos das catedrais estavam também submetidos à obrigação de ensinar, pelo mesmo Concílio do Latrão 1. Algumas delas adquirem, na Idade Média, um brilho particular, como a de Chartres, de Lyon, ou de Le Mans, onde os alunos ensinavam tragédias antigas; a de Lisieux, onde, no início do século XII, o próprio bispo gostava de vir ensinar; a de Cambrai, da qual um texto citado pelo erudito Pithou nos faz saber que foram estabelecidas para o bem do povo na gerência de seus negócios temporais.

As escolas monásticas tiveram, talvez, mais fama ainda, e os nomes de Bec, de Fleury-sur-Loire, onde foi educado o rei Roberto o Piedoso, de Saint-Géraud d'Aurillac, onde Gerbert aprendeu os primeiros rudimentos das ciências que iria elevar a tão alta perfeição, vêm naturalmente à lembrança, como ainda a de Marmoutier, perto de Tours, de Saint-Bénigne, de Dijon, etc. Em Paris encontra-se, desde o século XII, três séries de estabelecimentos escolares: a Escola Notre-Dame, ou grupo de escolas do bispado, cujo cantor da scola assume a direção para as classes menores e o chanceler do bispado para as classes avançadas; as escolas das abadias como Sainte-Geneviève, Saint-Victor ou Saint-Germain des Prés; e as instituições particulares abertas por mestres que obtiveram licença para ensinar, como Abelardo.

A criança era admitida com sete ou oito anos, prolongando-se os estudos preparatórios para a Universidade por cerca de dez anos, como hoje. São os dados registrados pelo Pe. Gilles Muisit. Os meninos estudavam separados das meninas que, em geral, tinham escolas à parte, em menor número, talvez, mas onde os estudos eram, em muitos casos, de nível elevado. A abadia de Argenteuil, onde foi educada Heloisa, ensinava às meninas as Sagradas Escrituras, letras, medicina e até cirurgia, sem falar no grego e hebreu ensinados aí por Abelardo. Em geral, as pequenas escolas davam a seus alunos noções de gramática, aritmética, geometria, música, teologia, que lhes permitia alcançar os estudos universitários. Parece também que algumas davam também algum estudo técnico. A Histoire Literaire cita, por exemplo, a escola de Vassor, na dioceses de Metz, onde, além de aprender as Sagradas Escrituras e as letras, trabalhava-se o ouro, a prata e o cobre2. Os mestres eram quase sempre ajudados pelos mais velhos e pelos melhores alunos, como acontece ainda hoje no «ensino mútuo»: 

C'étoit ce belle chose de plenté d'écoliers: 
Ils manoient ensemble par loges, par soliers, 
Enfants de riches hommes et enfants de toiliers 

Como era bonito todos aqueles escolares
Juntos em suas classes, nas salas
Filhos de ricos com filhos de pobres


Quem escreve isso é Gilles le Muisit, em suas lembranças de infância; de fato, nesta época, as crianças de todas as «classes» da sociedade eram instruídas juntas, como mostra a célebre história de Carlos Magno castigando os filhos dos barões que eram preguiçosos, ao contrário dos filhos de servos e dos pobres. A única distinção estabelecida era no custo do ensino, sendo ele gratuito para os pobres e pago para os ricos. A isenção de taxa de estudo podia prolongar-se por toda a duração da época escolar, incluindo o acesso ao mestrado, como mostra o Concílio do Latrão, já citado, que proibia aos dirigentes das escolas de «exigir dos candidatos ao professorado remuneração para conceder a licença».

Aliás, na Idade Média, quase não há diferenças na educação das crianças de diversas condições. O filho de qualquer pequeno vassalo são educados na sede senhorial com os filhos do suserano; os dos ricos burgueses passam pelo mesmo aprendizado que os do último artesão, se pretendem assumir um dia a loja paterna. É por isso, sem dúvida, que se multiplicam os exemplos de grandes personagens saídos de famílias humildes: Suger, que governou a França durante a Cruzada de Luiz VII, é filho de servo; Maurice de Sully, bispo de Paris que fez construir Notre-Dame, era nascido de um mendigo; São Pedro Damião, em sua infância, cuidava de porcos, e uma das mais brilhantes luzes da ciência medieval, Gerbert d'Aurillac, também era pastor; o Papa Urbano VI era filho de um pequeno sapateiro de Troyes, e Gregório VII, o grande Papa da Idade Média, filho de um pastor de cabras.

Por outro lado, muitos dos grandes senhores foram letrados e tiveram educação como a dos clérigos: Roberto o Piedoso compunha hinos e seqüências latinas; Guillaume IX, príncipe da Aquitania, foi o primeiro trovador conhecido; Ricardo Coração de Leão nos deixou poemas, como também os senhores de Ussel, de Baux, e muitos outros. Isso sem falar dos casos excepcionais, como o do rei de Espanha, Alfonso X, o Astrônomo, que escreveu poesias, obras de Direito, estabeleceu progresso notável nas ciências astronômicas da época, redigindo suas Tábuas Alfonsianas, deixando também vasta crônica sobre as origens da História da Espanha e uma compilação de Direito Canônico e de Direito Romano que formaram o primeiro Código de Direito de seu país.

Os alunos mais capazes seguem, naturalmente, para a Universidade. Eles a escolhem segundo sua especialidade. Em Montpellier, medicina: desde 1181, Guilheme VII, senhor da cidade, conferiu a qualquer pessoa, de qualquer lugar que viesse, a liberdade de ensinar esta arte, desde que apresentasse garantias de seu saber. Orléans se especializou em Direito Canônico, como Bolonha em Direito Romano. Mas já então, nada se comparava com Paris, onde o ensino das artes liberais e da teologia atraía estudantes de todos os lugares: Alemanha, Itália, Inglaterra, e até da Dinamarca e Noruega.

Estas Universidades são invenções eclesiásticas, como que a continuação das escolas episcopais, com a diferença que elas dependerão diretamente do Papa, e não do bispo local. A bula Parens Scientiarum de Gregório IX, pode ser considerada como a ata de fundação da Universidade medieval, com seus regulamentos estabelecidos em 1215 pelo cardeal legado Robert de Courçon, agindo em nome de Inocêncio III, e que reconhecem aos mestres e estudantes o direito de associação. Criada pelo papado, a Universidade tem características inteiramente eclesiásticas: os professores pertencem todos à Igreja, e as duas grandes Ordens religiosas que a iluminam no século XIII, Franciscanos e Dominicanos, conhecerão aí grandes glórias, com um São Boaventura e um São Tomás de Aquino.

Todos os alunos são chamados clérigos, mesmo quando não se destinam ao sacerdócio, e alguns recebem a tonsura. Mas isso não significa que só se ensinava a teologia, pois os programas incluem todas as grandes disciplinas científicas e filosóficas, gramática, dialética, além da música e geometria.

Esta «universidade» de mestres e alunos forma uma sociedade autônoma. Philippe-Augusto, desde 1200, retira seus membros da jurisdição civil – o que quer dizer, dos próprios tribunais reais. Mestres, alunos e mesmo domésticos da Universidade ficam submetidos aos tribunais eclesiásticos, o que é considerado como privilégio e consagra a autonomia desta corporação de elite. Mestres e estudantes ficam assim isentos de obrigações para com o poder central; eles próprios administram a Universidade, tomam em comum as decisões e gerenciam a caixa, sem nenhuma intromissão do Estado. Esta é a característica fundamental da Universidade medieval e certamente a que mais a distingue da atual.

Esta liberdade favorece, entre as diversas cidades, uma concorrência difícil de se imaginar hoje. Durante anos, os mestres de Direito Canônico de Orléans disputam com os de Paris para conquistar seus alunos. Os registros da Faculdade de Decreto, publicados na Coleção de Documentos Inéditos, estão cheios de queixas contra os estudantes parisienses que vão à Orléans para colar grau, pois os exames eram mais fáceis. Ameaças, expulsões, processos, de nada adiantam, e as brigas prolongam-se sem fim. Concorrência também de professores, uns muito estimados, outros menos; teses discutidas apaixonadamente, com os estudantes formando facções que chegam até a greves. A Universidade, muito mais do que em nossos dias, era, na Idade Média, um mundo agitado.

E um mundo cosmopolita: as quatro «nações» que dividem os clérigos parisienses mostram isso claramente: havia os picards, os ingleses, os alemães e os franceses. Os estudantes vindos de cada um desses lugares eram então bastante numerosos para formar um grupo autônomo, com representantes e atividades próprias. Encontram-se também nos registros nomes italianos, dinamarqueses, húngaros e outros. Os professores que ensinam vêm, também, de todas as partes do mundo: Siger de Brabant, Jean de Salisbury têm nomes significativos. Santo Alberto Magno vem da Renânia, São Tomás de Aquino e São Boaventura, da Itália. Não há neste tempo obstáculos à troca de idéias, e julga-se um mestre apenas pela extensão de seu saber. Este mundo tão variado possui uma língua comum, a única falada na Universidade: o latim. Sem o latim ela seria uma Torre de Babel. O uso do latim facilita as relações, permite as comunicações entre os mestres de um lado ao outro da Europa, dissipa de antemão qualquer confusão de expressão, protegendo assim a unidade de pensamento. Os problemas que apaixonam os filósofos são os mesmos, em Paris, em Edimburgo, em Oxford, em Colônia ou em Pádua, apesar de cada um desses centros e cada personalidade imprimir seu caráter próprio. Tomás de Aquino, vindo da Itália, termina, em Paris, de clarificar e consolidar uma doutrina cujas bases estabelecera nas aulas de Alberto Magno, em Colônia. A Sorbonne do século XIII nada tem de fechada. Gilles le Muisit resume assim a vida dos estudantes:

Clercs viennent à études de toutes nations 
Et en hiver s'assemblent par plusieurs légions.
On leur lit et ils oient pour leur instruction;
En été s'en retraient moult en leurs régions, 

De todas as nações chegam os clérigos estudantes
Que se reúnem no inverno em várias legiões
Lêem e eles escutam para sua instrução
E no verão se retiram para suas regiões

De fato, o vai-vem é contínuo. Eles partem para a Universidade que escolheram, voltam para casa nas férias, viajam para assistir as lições de um mestre de renome ou estudar uma matéria numa cidade nela especializada. Já mencionamos as «fugas» dos candidatos aos exames de Direito Canônico para Orleans; isto se repete constantemente e, às vezes, entre cidades muito distantes. Estudantes e professores são habituados às grandes viagens: a cavalo e mesmo a pé, percorrem léguas e léguas, dormindo em granjas ou em hospedarias. Com os peregrinos e os comerciantes, são os que mais contribuem para a extraordinária animação que reina nas estradas na Idade Média, só reencontradas no século do automóvel, ou melhor, depois da aparição dos esportes ao ar livre. O mundo letrado era então um mundo itinerante. Era a tal ponto que, para alguns, o movimento passa a ser uma necessidade, uma mania: encontramos hoje, no Quartier Latin, estes velhos estudantes boêmios que nunca conseguiram voltar à vida normal nem usar os estudos, dos quais carregam o peso durante anos. Na Idade Média, esta espécie de indivíduo corria as estradas: era o clérigo vagabundo ou goliard, tipo bem medieval, inseparável do «clima» da época: entregue às tabernas e às mulheres, vai de um cabaré ao outro, procurando comida e principalmente um bom copo de vinho; frequenta os lugares ruins, conserva restos de saber, que usa para causar a admiração dos simples, para quem recita versos de Horácio ou pedaços das canções de gesta; inicia, levado pelos encontros ocasionais, discussões de teologia, e acaba se perdendo na multidão de trovadores, de vadios e vagabundos, quando não é enforcado por algum crime. Suas canções se espalharam pela Europa, e o mundo estudantil conhece ainda algumas destas canções:

Meum est propositum in taberna mori,
Vinum sit appositum morientis ori,
Ut dicant cum venerint angelorum chori:
Deus sit propitius huic potatori! 

O que quero é na taberna morrer
Com o vinho derramado na minha boca
Para que digam quando vier ao côro dos anjos
Deus seja propício a este beberão!

A Igreja precisou intervir várias vezes contra estes clerici vagi que promoviam farras e preguiças no mundo estudantil. Mas eles eram exceções. No conjunto, o estudante do século XIII não tinha uma vida muito diferente do atual. Foram conservadas e publicadas cartas endereçadas aos pais ou a amigos 3 que revelam as mesmas preocupações que hoje em dia, ou quase: os estudos, os pedidos de dinheiro e alimentação, as provas. O estudante rico morava na cidade com seu valete; os de condição mais modesta ia em pensão na casa dos burgueses do bairro de Sainte Geneviève, e pediam isenção de toda ou de parte das taxas de inscrição da Faculdade: encontramos muitas vezes, na margem dos registros uma menção indicando que este ou aquele não pagou a inscrição, ou que pagou só a metade, propter inopiam, por causa da pobreza. O estudante sem recursos faz pequenos trabalhos para viver: é copista ou encadernador nas livrarias que têm suas lojas na rua das Escolas ou na rua Saint Jacques 4. Além disso, ele pode ter suas refeições e moradia pagas nos colégios estabelecidos. O primeiro que existiu foi criado no Hotel-Dieu (hospital) de Paris por um burguês de Londres que, retornando de uma peregrinação na Terra Santa, no fim do século XII, teve a idéia de fazer esta obra pia, favorecendo o aprendizado das pessoas modestas: ele deixou uma fundação 5 perpétua com encargo de alojar e alimentar de graça dezoito estudantes pobres que recebiam como única incumbência velar os mortos do hospital, cada um em seu turno, e carregar a cruz processional e a água benta nos enterros. Um pouco depois, funda-se o colégio Saint Honoré, o de São Tomás do Louvre, e muitos outros. Pouco a pouco, formou-se o hábito de se organizar nestes colégios sessões de estudo em conjunto, como nos seminários alemães ou os «grupos de estudo» que funcionam nas nossas Faculdades de alguns anos para cá. Os mestres passaram a vir dar algumas aulas, alguns até se estabeleceram aí, e aos poucos os colégios foram mais freqüentados que as próprias Universidades, como foi o caso do colégio da Sorbonne. No conjunto, havia um sistema de bolsas, não oficialmente organizado, mas de uso corrente, que lembrava a nossa Escola Normal Superior, sem a prova de admissão, ou ainda, ao que se pratica nas Universidades inglesas, onde o estudante bolsista recebe gratuitamente, não apenas a instrução, mas ainda casa, comida e, às vezes, as roupas.

O ensino é feito em latim e se divide em dois cursos: o trivium ou artes liberais (gramática, retórica e lógica) e o quadrivium ou ciências (aritmética, geometria, música e astronomia), o que, com as três faculdades de teologia, direito e medicina, forma o ciclo de conhecimentos. Como método é utilizado principalmente o comentário: é lido um texto, os Etymologies de Isidoro de Sevilha, as Sentenças de Pedro Lombardo, um tratado de Aristóteles ou de Sêneca, segundo a matéria ensinada, e esse texto é analisado com todos os comentários que podem ser feitos, do ponto de vista gramatical, jurídico, filosófico, lingüístico, etc. Um ensinamento sobretudo oral, dando larga parte à discussão, com as Questiones disputate, questões na ordem do dia, tratadas e discutidas pelos candidatos à licença, diante de um auditório de mestres e alunos, que muitas vezes deram origem a tratados completos de teologia ou filosofia, ou ainda certas Glosas célebres, postas por escrito, que eram também comentadas e explicadas durante os cursos. As teses sustentadas pelos candidatos ao doutorado não eram simples exposições escritas, mas verdadeiramente teses, emitidas e sustentadas diante de todo um anfiteatro de doutores e mestres, onde qualquer assistente podia tomar a palavra e apresentar suas objeções.

Como se vê, este ensino é apresentado de forma sintética, cada curso tendo um lugar próprio em relação ao conjunto, onde ele adquire seu valor real, correspondente a sua importância para o pensamento humano. Por exemplo, hoje em dia existe equivalência entre uma licença de filosofia e a licença de espanhol ou de inglês, apesar de haver muita diferença na formação desses dois tipos de disciplina. Na Idade Média pode-se ser mestre em filosofia, teologia ou direito – ou mestre ès-arts, o que implica o estudo do conjunto ou do essencial do conhecimento relativo ao homem, o trivium representando as ciências do espírito, e o quadrivium as do corpo e dos números que o regem. Toda a série de estudos, portanto, procura transmitir uma cultura geral, e só se especializa ao sair da Faculdade. Isso explica o caráter enciclopédico de sábios e letrados da época: um Roger Bacon, um Jean de Salisbury, um Alberto Magno, possuíam realmente todo o conhecimento da época e podiam se entregar sem medo, em rodízio, aos assuntos os mais diversos, sem medo de digressões, pois sua visão de base é uma visão de conjunto.

Depois das sessões de trabalho na Faculdade ou no Colégio, o estudante medieval é um esportista, capaz de percorrer etapas de várias léguas e também – os anais da época se lamentam disso com freqüência – de manejar a espada. As vezes estouram rixas nessa população agitada, nas proximidades de Sainte Geneviève ou de Saint-Germain-des-Prés, e foi por saber usar muito bem sua arma que François Villon 6 teve que deixar Paris. Os exercícios físicos lhes são tão familiares quanto as bibliotecas e, mais ainda que em outros corpos de ofícios 7, sua vida é repleta de festas e diversões que alegram o Quartier Latin. Sem falar da Festa dos Loucos e da Festa dos Bobos, que são ocasiões excepcionais, toda recepção de doutorado era seguida de cerimônias cômicas em paródias, onde mesmo os graves mestres de Sorbonne tomavam parte. Ambrósio de Cambrai, que foi chanceler da Faculdade de Direito Canônico, representou seu papel e nos deixou a narração nos Anais detalhados que escreveu. Um ser assim formado estava pronto para a ação como para a reflexão, o que sem dúvida explica como nessa época as personalidades se adaptavam às situações as mais diversas, conseguindo bom resultado: prelados combatentes, como Guillaume des Barres ou Guérin de Senlis, na Batalha de Bouvines, juristas capazes de organizar a defesa de um castelo, como Jean d'Ibelin, senhor de Beyrouth, mercadores exploradores, ascetas construtores, etc.

Aliás, a Universidade foi o grande orgulho da Idade Média; os Papas elogiam este «rio de ciência que, por seus múltiplos afluentes, banham e fecundam o terreno da Igreja universal»; assinala-se com satisfação que, em Paris, é tal o número de estudantes que ultrapassa o de habitantes 8. Todos são indulgentes para com eles, apesar de suas «irreverências» e brincadeiras, que às vezes incomodam os burgueses; eles gozam a simpatia geral. Algumas cenas de suas vidas foram esculpidas no portal Saint Etienne, de Notre-Dame de Paris: ei-los lendo e estudando, quando uma mulher vem lhes perturbar a leitura e, para a punir, é amarrada no pelourinho por ordem da autoridade. Os reis dão o exemplo dessa maneira de tratar os estudantes, como acontece com Philippe-Augusto que, após a vitória de Bouvines, envia um de seus mensageiros anunciar a vitória, em primeiro lugar, aos estudantes de Paris9.

Tudo o que é relativo ao saber era, assim, reverenciado, na Idade Média. «A deshonneur meurt à bon droit qui n'aime livre – quem não ama os livros morre na desonra», dizia um provérbio 10; e basta olhar os textos para encontrar as provas de que todo amor pela ciência era encorajado e alimentado. Citemos, entre outras, a criação, em 1215, de uma cadeira de teologia, em Paris, especial para permitir aos padres da diocese de aperfeiçoar e completar seus estudos, o que mostra a preocupação em manter um alto grau de instrução, mesmo no clero mais humilde. O prud'homme, este tipo de homem completo que foi o ideal do século XIII, devia necessariamente ser letrado:


Pour rimer, pour versifier, 
Pour une lettre bien dicter,
Si métier fut, pour bien écrire 
Et en parchemin et en cire,
Pour une chanson controuver11

Para rimar e versificar,
Para uma carta bem ditar,
E precisando escrever
No pergaminho ou na cêra,
Para compor uma canção


Diante disso, podemos nos perguntar se o povo era tão ignorante, na Idade Média, como se acredita em geral; ele tinha ao seu alcance, incontestavelmente, os meios para se instruir, e a pobreza não era um obstáculo, visto que as aulas podiam ser inteiramente grátis, da escola do vilarejo, ou melhor, da paróquia, até a Universidade. E ele aproveitava-se disso, pois são numerosos os exemplos de pessoas humildes que viraram grandes clérigos.

Quer isso dizer que a instrução era tão generalizada quanto hoje? Parece claro que, neste ponto, houve um malentendido: assimilou-se, mais ou menos, cultura a alfabetização. Para nós, um iletrado é fatalmente, um ignorante. Ora, o número de iletrados era, sem dúvida, maior na Idade Média do que em nossa época12. Mas, seria justo esse ponto de vista? Pode-se fazer do conhecimento do alfabeto o critério da cultura? Do fato da educação ser sobretudo visual, pode-se concluir que o homem só se educa pela visão?

Num capítulo dos Estatutos Municipais da cidade de Marselha, datado do século XIII, estão enumeradas as qualidades de um bom advogado, e lê-se: litteratus vel non litteratus – que seja letrado ou não. Isso é importante: pode-se, então, ser um bom advogado e não saber nem ler nem escrever – conhecer o costume, o direito romano, o manejo da linguagem, e ignorar o alfabeto. Essa noção é difícil de ser imaginada para nós, mas é capital para se compreender a Idade Média: a instrução é feita mais pelo ouvido que pela leitura 13. Por mais importância que se dê aos livros ou aos escritos, estes têm lugar secundário; o papel principal cabe à palavra, ao verbo. E isso acontece em todos os setores da vida: atualmente, qualquer funcionário escreve relatórios; na Idade Média, eles se aconselhavam e deliberavam. Uma tese não era uma obra impressa, mas uma discussão; um negócio fechado não era uma assinatura firmada ao pé de um escrito, mas a tradição manual (de um objeto simbólico, como um naco de terra na compra de um terreno) ou o engajamento verbal. Governar é se informar, pesquisar... e enviar os arautos «gritarem» as decisões tomadas.

Um elemento essencial da vida medieval foi a pregação. Pregar, nesta época, não era discursar em monólogos com termos pré escolhidos, diante de um auditório silencioso e cativado. Pregava-se em toda parte, não apenas nas igrejas, mas também nos mercados, nas feiras, nos cruzamentos das estradas – pregações vivas, cheias de fogo e de fuga. O pregador se dirigia ao auditório, respondia suas perguntas, admitia suas contradições, seus rumores, suas apóstrofes. Um sermão agia sobre a população, podia provocar, na hora, uma Cruzada, propagar uma heresia, causar uma revolta. O papel didático dos clérigos era imenso: eram eles que ensinavam aos fiéis sua história e suas lendas, sua ciência e sua fé. Eles que anunciavam os grandes acontecimentos, que transmitiram, de um canto ao outro da Europa a tomada de Jerusalém ou a perda de Saint Jean d'Acre. Eles que aconselhavam a uns e guiavam os outros, mesmo nos negócios profanos. Hoje, os que faltam de memória visual, mais automática, necessitando menos do raciocínio que a memória auditiva, têm dificuldades nos estudos e na vida. Na Idade Média não era assim, recebia-se a instrução escutando, e a palavra era de ouro.

Coisa curiosa, nossa época assiste à volta da importância do verbo e o reaparecimento desse elemento auditivo que se perdera. Podemos pensar que o rádio terá, para as gerações que virão, o papel que teve outrora a pregação; desejamos, ao menos, que ele seja equivalente, no que toca a educação do povo.

É na Idade Média que podemos ver realizado o termo «cultura latente». Todos, na época, têm um conhecimento, pelo menos corrente, do latim falado, e canta o gregoriano, o que supõe, senão a ciência, ao menos o uso da acentuação. Todos possuem uma cultura mitológica e legendária; ora, as fábulas e os contos falam mais sobre a história da humanidade e sua natureza que boa parte das ciências inscritas nos programas oficiais das escolas. Nos romances de ofícios publicados por Thomas Deloney, vemos os tecelãos citarem em suas canções Ulisses e Penélope, Ariana e Teseu. Se chamaram os vitrais de «Bíblia dos iletrados», foi porque os ignorantes reconheciam aí histórias que lhes eram familiares, realizando com toda simplicidade este trabalho de interpretação que tanto atrapalha nossos arqueólogos!

Além disso, havia os conhecimentos técnicos que eram assimilados durante os anos de aprendizado. Nem arte, nem ofício, eram improvisados: era preciso, para exercê-los bem, que eles se tornassem como que uma segunda natureza; era assim, sem dúvida, que tantos artistas locais, para sempre perdidos no anonimato, puderam adquirir esta destreza que aparece em obras como o Devoto Cristo, de Perpignan, ou a Crucifixão, de Venasque. Pode-se chamar de ignorante um homem que conhece tudo de sua arte, por mais humilde que seja? E devemos considerar que, a estes conhecimentos do ofício vêm se juntar diversas tradições: o Compost des Bergiers, que uma feliz curiosidade permitiu ser redescoberto, há pouco tempo, nos oferece um exemplo dessas pequenas Sumas do saber tradicional: astronomia, medicina, botânica, meteorologia, que podia ser adquiridos dentro de cada ofício, variando de um para outro, e que constituía a base de uma cultura certamente mais vasta e mais adaptada às necessidades locais do que poderíamos crer.


[Lumière du Moyen Age, Editions B. Grasset, Paris, 1944, cap. 8. Tradução PERMANÊNCIA]


1.«Em cada diocese, escreve Luchaire, além das escolas rurais ou paroquiais que já existiam... os capítulos e os principais mosteiros tinham suas escolas, seus professores e alunos». (La Société Française au temps de Philippe-Auguste, p.68).
2.L.VII, cap.29, citado por J.Guiraud, Histoire partiale, histoire vraie, p.348.
3.Cf. Haskins, The life of medieval students as illustrated by their letters, in Americain historical review, III (1892), nº 2.
4.[N. da P.] Essas duas ruas existem ainda hoje e ficam próximas da famosa igreja de Saint Nicolas du Chardonet, conquistada pelos tradicionalistas em 1977, ainda hoje um comovente reduto da verdadeira fé. 
5.[N. da P.] Chama-se uma fundação um valor destinado a ser aplicado para que os juros sejam usados em determinadas obras. A Igreja aceita fundação de missas: um valor ou bem é doado, sendo estabelecido certo número de missas anuais nas intenções.
6.[N. da P.] François Villon (1431-1489) - Poeta francês de vida agitada, mas considerado por muitos como principal responsável pela formação da língua francesa. 
7.Assinalemos que a Idade Média não conhece distância entre os ofícios manuais e as profissões liberais. Os termos mostram bem isso: chama-se mestre tanto o tecelão que terminou seu aprendizado quanto o estudante de teologia que obteve a licença.
8.A afirmação não pode ser seguida ao pé da letra, mas não deixa de ser interessante saber que, na época, a população de Paris somava quarenta mil habitantes.
9.Com a experiência que já temos da vida medieval e do espírito dos seus homens, podemos compreender que nada havia de demagogia nesta atitude do rei.
10.Renart, Prov. franç., II, 99.
11.Citado pela Histoire littéraire, t.XX.
12.Apesar de serem menos do que se costuma dizer, pois a maioria das testemunhas que aparecem nos atos de tabelião sabem assinar, sendo um exemplo, entre outros, o de Joana d'Arc, pequena camponesa que, no entanto, sabia escrever.
13.[N. do P.] É interessante saber que, nos mosteiros beneditinos, ainda hoje têm muita importância as reuniões da comunidade, ou de parte da comunidade, para o que se chama de «conferência»: o abade, ou o mestre de noviços, fala aos monges, os quais, imperceptivelmente, vão assimilando as verdades e os costumes do mestre.

Créditos: Permanência